Regular Papers
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Álvarez Gómez, Rebeca ⓘ
Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad de Salamanca, Zamora, España
En la sociedad actual, caracterizada por la sobreabundancia de información y el creciente protagonismo de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial, el desarrollo del pensamiento crítico se ha consolidado como una prioridad educativa en la Educación Primaria. Esta línea de investigación resulta especialmente relevante, ya que el acceso constante a la información no garantiza por sí mismo su comprensión, valoración crítica ni uso responsable. El presente estudio tuvo como objetivo analizar la relevancia del pensamiento crítico en la educación del alumnado de Educación Primaria, atendiendo a su relación con el entorno digital, las implicaciones éticas del uso de la tecnología y el papel del profesorado en su desarrollo. Para ello, se llevó a cabo una revisión teórica de carácter cualitativo, basada en el análisis de aportaciones científicas y pedagógicas relacionadas con el pensamiento crítico, la sobreinformación, la tecnología educativa y la inteligencia artificial. A partir de esta revisión, se abordaron el concepto de pensamiento crítico, su evolución en el ámbito educativo, las estrategias didácticas que favorecen su desarrollo, la dimensión ética vinculada al uso de la tecnología y la función del profesorado como agente mediador. El análisis realizado mostró que, aunque el pensamiento crítico se reconoce como una competencia clave en el ámbito educativo, su desarrollo en la práctica escolar continúa siendo limitado y desigual. Asimismo, se evidenció la necesidad de incorporar metodologías activas, promover un uso ético y reflexivo de la tecnología y reforzar la formación docente, con el fin de favorecer una integración real de esta competencia en los procesos de enseñanza y aprendizaje. En conclusión, el trabajo subraya la importancia de avanzar hacia un enfoque educativo que no se limite a facilitar el acceso a la información, sino que enseñe al alumnado a interpretarla, cuestionarla y utilizarla de manera responsable. De este modo, se contribuye a la formación de ciudadanos críticos, autónomos y capaces de desenvolverse con criterio en una sociedad digital marcada por la sobreinformación.
In today s society, characterised by an overabundance of information and the growing prominence of digital technologies and artificial intelligence, the development of critical thinking has become a key educational priority in Primary Education. This line of research is particularly relevant, since constant access to information does not, by itself, guarantee its understanding, critical evaluation, or responsible use. This Final Degree Project aimed to analyse the relevance of critical thinking in the education of Primary Education students, considering its relationship with the digital environment, the ethical implications of technology use, and the role of teachers in its development. To this end, a qualitative theoretical review was carried out, based on the analysis of scientific and pedagogical contributions related to critical thinking, information overload, educational technology, and artificial intelligence. Based on this review, the study addressed the concept of critical thinking, its evolution in the educational field, the teaching strategies that promote its development, the ethical dimension linked to the use of technology, and the role of teachers as mediating agents. The analysis showed that, although critical thinking is recognised as a key competence in the educational field, its development in school practice remains limited and uneven. Likewise, the need to incorporate active methodologies, promote an ethical and reflective use of technology, and strengthen teacher training was highlighted, in order to encourage the real integration of this competence into teaching and learning processes. In conclusion, this study underlines the importance of moving towards an educational approach that is not limited to facilitating access to information, but rather teaches students to interpret, question, and use it responsibly. In this way, it contributes to the education of critical, autonomous citizens who are able to act with judgement in a digital society marked by information overload.
Pensamiento crítico, Educación primaria, Inteligencia artificial ⓘ
Critical thinking, Primary Education, Artificial Intelligence ⓘ - ⓘ - ⓘ - ⓘ
Background: En la sociedad actual, caracterizada por la sobrecarga informativa y la creciente presencia de tecnologías digitales e inteligencia artificial, el pensamiento crítico se ha convertido en una prioridad educativa clave en la Educación Primaria, dado que el acceso a la información no garantiza su comprensión, evaluación o uso responsable.
Gap: Aunque el pensamiento crítico se reconoce como una competencia educativa esencial, su desarrollo en la práctica escolar sigue siendo limitado y desigual, lo que pone de manifiesto la necesidad de fortalecer su integración en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Purpose: Este estudio tuvo como objetivo analizar la relevancia del pensamiento crítico en la Educación Primaria, considerando su relación con los entornos digitales, las implicaciones éticas del uso de la tecnología y el papel del profesorado en su desarrollo.
Methodology: Se llevó a cabo una revisión teórica cualitativa mediante el análisis de aportaciones científicas y pedagógicas relativas al pensamiento crítico, la sobrecarga informativa, la tecnología educativa y la inteligencia artificial.
Results: El análisis destacó la importancia de las metodologías activas, el uso ético y reflexivo de la tecnología y el fortalecimiento de la formación docente para fomentar el pensamiento crítico en la práctica educativa.
Conclusion: El estudio subraya la necesidad de un enfoque educativo que trascienda la mera facilitación del acceso a la información y enseñe al alumnado a interpretarla, cuestionarla y utilizarla de manera responsable, contribuyendo así al desarrollo de ciudadanos críticos y autónomos capaces de ejercer el juicio en una sociedad digital.
En la actualidad, el alumnado crece rodeado de pantallas, redes sociales, buscadores e inteligencias artificiales capaces de ofrecer respuestas inmediatas. Nunca ha sido tan fácil acceder a la información y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan necesario aprender a interpretarla con criterio. Esta realidad sitúa a la escuela ante el reto de no limitarse a transmitir contenidos, sino de enseñar a pensar, cuestionar y tomar decisiones de manera reflexiva.
En este contexto, la presente investigación tiene como finalidad analizar la importancia del pensamiento crítico en la educación del alumnado de Educación Primaria, atendiendo a su relación con la sobreinformación, el entorno digital, el uso educativo de la tecnología, la inteligencia artificial y el papel del profesorado como agente mediador. Se parte de la idea de que el acceso a la información no garantiza por sí mismo la construcción de conocimiento, sino que requiere procesos de análisis, contraste, reflexión y acompañamiento educativo.
Desde el punto de vista metodológico, este trabajo se basa en una revisión teórica de carácter cualitativo, enmarcada dentro de una revisión bibliográfica de tipo narrativa con enfoque de estado de la cuestión. Para ello, se han analizado aportaciones científicas y pedagógicas relacionadas con el pensamiento crítico, la tecnología educativa, la inteligencia artificial y la formación docente, atendiendo a criterios de pertinencia temática, actualidad y relevancia científica (Benavides y Ruíz, 2022; Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos, 2023; Naranjo et al., 2023; Duque-Rodríguez et al., 2025).
El proceso de búsqueda se ha desarrollado mediante la consulta de bases de datos académicas y repositorios científicos, utilizando descriptores como pensamiento crítico, Educación Primaria, tecnología educativa, inteligencia artificial, sobreinformación, competencia digital y formación docente. El análisis de la información ha permitido establecer relaciones entre distintos enfoques teóricos y construir una reflexión crítica sobre el desarrollo del pensamiento crítico en la escuela actual (Angarita Valencia, 2021; Cañas Encinas et al., 2022).
Finalmente, el estudio se organiza en diferentes apartados. En primer lugar, se desarrolla un marco teórico centrado en el concepto de pensamiento crítico y su evolución en el ámbito educativo. A continuación, se abordan distintas estrategias didácticas para su desarrollo, la dimensión ética asociada al uso de la tecnología, la formación docente, los enfoques críticos sobre la tecnología educativa y la tecnopedagogía en el aula. Por último, se presentan las conclusiones derivadas del análisis realizado.
Una vez delimitado el marco conceptual de la propuesta y justificada su relevancia, resulta necesario concretar los objetivos que orientan el desarrollo de la investigación. Estos permiten acotar el enfoque del estudio, así como establecer una línea de análisis coherente con las cuestiones planteadas en relación con el pensamiento crítico, el entorno digital y la práctica educativa.
Analizar la relevancia del pensamiento crítico en el panorama educativo contemporáneo, prestando especial atención al impacto de la sobreabundancia de información y al uso de las tecnologías digitales, con el propósito de comprender su papel en la formación del alumnado de Educación Primaria.
Explorar la relación existente entre la saturación informativa digital, el desarrollo de la inteligencia artificial y la construcción del pensamiento crítico en el alumnado, identificando tanto los desafíos como las posibilidades que estos factores generan en el ámbito educativo.
Evaluar el papel del profesorado como agente facilitador en la promoción del pensamiento crítico en entornos digitales, considerando la importancia de una formación docente que articule dimensiones pedagógicas, tecnológicas y éticas.
Identificar estrategias didácticas orientadas al desarrollo del pensamiento crítico en Educación Primaria, teniendo en cuenta su posible aplicación en contextos educativos mediados por la tecnología.
En el contexto actual, resulta difícil hablar de educación sin detenerse en el papel que desempeña el pensamiento crítico. Vivimos en una sociedad definida por la inmediatez, la sobreinformación y la presencia de la tecnología, donde el acceso al conocimiento ya no es el principal problema, sino la capacidad de gestionarlo adecuadamente (Benavides y Ruíz, 2022; Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos, 2023). Ante este escenario, el reto educativo ha cambiado: ya no se trata solo de que los educandos adquieran contenidos, sino de que sean capaces de comprenderlos, analizarlos y posicionarse ante ellos de manera fundamentada, con el fin de interpretar la información de forma crítica, tomar decisiones informadas y desenvolverse con criterio en contextos cada vez más complejos y cambiantes.
Cuando se habla de pensamiento crítico, no se alude únicamente a una destreza cognitiva puntual, sino a un proceso amplio que implica comprender, cuestionar, argumentar y tomar decisiones fundamentadas. Tal y como señalan Benavides y Ruíz (2022) o Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos (2023), se trata de una competencia que permite a los individuos superar la información superficial, identificando intenciones, sesgos y posibles contradicciones. En esta misma línea, Angarita Valencia (2021) lo define como un pensamiento activo y autorregulado, lo que implica que no surge de manera espontánea, sino que necesita ser trabajado de forma intencional desde el ámbito educativo.
Desde la perspectiva de autores como Angarita Valencia (2021), este matiz es clave: el pensamiento crítico no aparece por sí solo, sino que se construye. Y, por tanto, la escuela tiene una responsabilidad directa en su desarrollo. No puede darse por hecho que los estudiantes, simplemente por estar expuestos a información constante, vayan a desarrollar automáticamente esta capacidad. Al contrario, sin una orientación adecuada, la sobreexposición informativa puede favorecer una aceptación acrítica de los contenidos o generar dificultades para diferenciar lo relevante de lo irrelevante.
Esto implica que el desarrollo del pensamiento crítico debe abordarse de manera intencional en el ámbito educativo, mediante propuestas que no solo faciliten el acceso a la información, sino que promuevan su análisis, interpretación y cuestionamiento, favoreciendo así una relación más reflexiva y consciente con el conocimiento.
Por ello, autores como Choque Ito (2020), Angarita Valencia (2021) y Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos (2023) insisten en la necesidad de comenzar a trabajar el pensamiento crítico desde las primeras etapas educativas. Choque Ito (2020) señala que la etapa de Educación Primaria resulta especialmente relevante para comenzar a desarrollar este tipo de pensamiento, ya que es en este momento cuando los discentes empiezan a construir su manera de comprender la realidad. Esta idea se relaciona directamente con el enfoque competencial que orienta el sistema educativo actual. En el contexto español, la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOMLOE), promueve un modelo educativo centrado en la mejora de competencias clave que permitan a los destinatarios del proceso educativo desenvolverse en situaciones reales, complejas y cambiantes, otorgando al pensamiento crítico un papel fundamental dentro de este proceso.
Ahora bien, el pensamiento crítico no puede entenderse al margen del contexto en el que se desarrolla, que en la actualidad está profundamente condicionado por el entorno digital. La expansión de internet, el uso generalizado de las redes sociales y la aparición de la inteligencia artificial han modificado de forma significativa la manera en la que accedemos a la información y construimos conocimiento, transformando no solo los canales de acceso, sino también los procesos de selección, interpretación y validación de los contenidos.
Este escenario tiene consecuencias directas en el ámbito educativo: por un lado, ofrece nuevas oportunidades para el aprendizaje, al facilitar el acceso inmediato a múltiples fuentes de información y posibilitar entornos más dinámicos e interactivos; pero, por otro, plantea retos vinculados a la veracidad de la información, la manipulación de contenidos o el riesgo de dependencia tecnológica. En este sentido, la educación se enfrenta al desafío de no limitarse a incorporar herramientas digitales, sino de formar a los estudiantes para que sean capaces de analizar críticamente la información que reciben, cuestionar sus fuentes y desarrollar criterios propios para su uso.
A este respecto, Cañas Encinas et al. (2022) subrayan que la incorporación de medios digitales en el aula debe ir acompañada del desarrollo de habilidades críticas, ya que el acceso constante a información no garantiza por sí mismo su comprensión ni su uso adecuado. No se trata únicamente de enseñar a utilizar herramientas, sino de fomentar una reflexión sobre su uso. En la misma línea,
Esteban García (2021) destaca el papel de las redes sociales como espacios en los que la población estudiantil necesita aplicar el pensamiento crítico para interpretar los contenidos que consume, especialmente en un entorno donde la sobreabundancia informativa facilita la difusión de contenidos sesgados o carentes de veracidad.
Bajo este establecimiento, el desarrollo del pensamiento crítico se convierte también en una herramienta fundamental para prevenir la desinformación, al permitir a los estudiantes cuestionar la fiabilidad de las fuentes, contrastar información y evitar la aceptación acrítica de mensajes. Este aspecto resulta especialmente significativo, ya que en muchas ocasiones la escuela se mantiene al margen de estos entornos, a pesar de que forman parte de la vida cotidiana de los jóvenes.
Ligado a todo esto, emerge una cuestión fundamental: la dimensión ética. El progreso del pensamiento crítico no debe limitarse a un plano cognitivo, sino que debe incorporar también una reflexión sobre las implicaciones del uso de la tecnología. En un entorno en el que los algoritmos condicionan parte de la información que recibimos, los datos adquieren un gran valor y la inteligencia artificial generativa ocupa un papel cada vez más relevante, se vuelve necesario formar a ciudadanos capaces de cuestionar estos sistemas. Tal y como señalan Naranjo et al. (2023) y Duque-Rodríguez et al. (2025), la educación debe asumir el reto de integrar una perspectiva ética en el uso de la tecnología, promoviendo un uso responsable y consciente.
Por otro lado, el desarrollo del pensamiento crítico está directamente vinculado con las metodologías que se emplean en el aula. No se puede fomentar el pensamiento crítico a través de prácticas educativas basadas únicamente en la memorización o la repetición. Es necesario generar espacios donde los sujetos de aprendizaje puedan opinar, argumentar, debatir y contrastar ideas. En este sentido, estrategias como el debate o la comprensión lectora crítica han demostrado ser especialmente eficaces (Betancourth Zambrano et al., 2020; Navarrete y Cedeño, 2022). Estas metodologías no solo benefician el desarrollo cognitivo, sino que además ayudan a formar personas más participativas y reflexivas, lo que implica favorecer su capacidad para intervenir de manera activa en el aula, justificar sus propias ideas, considerar diferentes puntos de vista y adoptar una actitud crítica ante la información y las situaciones que se les presentan.
Sin embargo, no se puede obviar el papel del profesorado en todo este proceso. El docente no es solo un transmisor de contenidos, sino un guía que debe acompañar a los escolares en la construcción de su pensamiento. Tal y como indican Martínez Bejarano (2025) y Morel et al. (2024), la formación docente resulta clave para poder integrar de manera adecuada tanto el pensamiento crítico como las nuevas tecnologías en el aula. Por tanto, este es uno de los grandes retos actuales: preparar a los docentes no solo en el uso de herramientas, sino en cómo enseñar a pensar sobre ellas.
Aun así, también es importante tener en cuenta que no todas las perspectivas sobre la tecnología en educación son positivas. Existen corrientes que advierten sobre los riesgos de una excesiva dependencia de la inteligencia artificial y otras herramientas digitales, especialmente cuando su uso no se acompaña de una reflexión pedagógica que garantice que estas actúan como apoyo y no como sustituto de los procesos de aprendizaje. Autores como Lozada et al. (2023) o Marín (2024) señalan que un uso inadecuado puede limitar el desarrollo del pensamiento autónomo, generando una cierta pasividad en los sujetos educativos. Esta idea parece especialmente interesante, ya que induce a reflexionar sobre la necesidad de encontrar un equilibrio: integrar la tecnología en el aula, pero sin que sustituya procesos cognitivos fundamentales, como el análisis, la toma de decisiones, la elaboración de argumentos o la resolución de problemas.
En definitiva, el pensamiento crítico se presenta como un eje central dentro del proceso educativo actual. No se trata únicamente de una competencia más, sino de una herramienta que permite al grupo-clase desenvolverse en un mundo complejo, interpretar la realidad y tomar decisiones de manera consciente. Su desarrollo implica atender a múltiples dimensiones y requiere un enfoque intencional por parte del sistema educativo. Por este motivo, trabajar el pensamiento crítico en el ámbito educativo deja de ser una elección para convertirse en una exigencia imprescindible, orientada a preparar a personas capaces de enfrentarse de manera consciente y reflexiva a los retos del presente y del futuro. No obstante, este planteamiento no está exento de dificultades, ya que, a pesar de su reconocimiento teórico, su desarrollo efectivo en el aula continúa siendo limitado y desigual, lo que pone de manifiesto la necesidad de seguir profundizando en estrategias que permitan su implementación real.
La evolución del pensamiento crítico en el ámbito educativo permite comprender que su relevancia no responde a una tendencia reciente, sino a un proceso de consolidación vinculado a los cambios sociales, culturales y tecnológicos. Desde esta perspectiva, resulta necesario analizar cómo ha ido adquiriendo un papel cada vez más significativo en la educación, sobre todo en un contexto marcado por la creciente complejidad de la información y de los entornos digitales.
Tradicionalmente, el sistema educativo ha estado centrado en la transmisión de contenidos. Durante décadas, el aprendizaje se concebía fundamentalmente como un proceso de acumulación de conocimientos, en el que el alumnado asumía un papel mayoritariamente pasivo. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta visión ha ido siendo cuestionada. Tal y como recogen Rodríguez Morúa et al. (2019), ya desde finales del siglo XX comenzaron a surgir enfoques que ponían el acento en la necesidad de desarrollar habilidades cognitivas superiores, entre ellas, el pensamiento crítico. Esto supuso un primer cambio importante: empezar a valorar no solo lo que el alumnado sabe, sino cómo piensa.
En este proceso de transformación, el pensamiento crítico fue ganando presencia, especialmente a partir del momento en que la educación comenzó a orientarse hacia el desarrollo de competencias. En vez de centrarse únicamente en la transmisión de contenidos, se empezó a priorizar la formación de personas capaces de analizar, interpretar y aplicar el conocimiento en diferentes contextos, lo que implicó un cambio en la forma de entender la enseñanza y el aprendizaje, otorgando un mayor protagonismo al alumnado y favoreciendo metodologías más activas, centradas en la reflexión, la resolución de problemas y la toma de decisiones. En este sentido, revisiones más recientes como la de Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos (2023) muestran cómo el pensamiento crítico se ha consolidado como una de las competencias clave tanto en Educación Primaria como en Educación Secundaria, lo que evidencia su creciente relevancia.
Este matiz resulta clave, ya que este cambio no puede entenderse como una evolución natural del sistema educativo, sino también como una respuesta a una necesidad cada vez más urgente. Al mismo tiempo que la sociedad se ha vuelto más heterogénea, también lo han hecho las demandas hacia la educación. Sin embargo, esta transformación no siempre se ha traducido en mejoras reales en el aula. A pesar de que el acceso a la información es inmediato, quienes participan en el proceso educativo no siempre disponen de las herramientas necesarias para interpretarla de forma crítica. Esto genera una preocupación evidente, ya que no basta con tener información disponible, sino que resulta imprescindible saber analizarla, cuestionarla y utilizarla de manera fundamentada. En este sentido, Angarita Valencia (2021) plantea el pensamiento crítico como una innovación educativa, lo que refuerza la idea de que su desarrollo ya no puede considerarse opcional, sino necesario.
Al atender a la evolución más reciente, se observa que el pensamiento crítico ha adquirido un mayor protagonismo con la irrupción de las tecnologías digitales. Tapia y Castañeda (2021) señalan que la llamada «nueva era» está marcada por cambios constantes que obligan a replantear el papel de la educación. Bajo este enfoque, el pensamiento crítico deja de entenderse únicamente como una habilidad académica y pasa a concebirse como una competencia necesaria para la vida. Por ello, su desarrollo no solo posee un valor educativo, sino también social.
En el ámbito más concreto del aula, se ha puesto de manifiesto que el pensamiento crítico no solo es importante, sino también necesario para mejorar la calidad del aprendizaje. En este sentido, Navarrete y Cedeño (2022) destacan su relación con la comprensión lectora, señalando que un alumnado con mayor capacidad crítica es capaz de interpretar mejor los textos, identificar ideas principales y establecer relaciones. Esto demuestra que el pensamiento crítico no es algo aislado, sino que influye directamente en otras áreas del aprendizaje.
Investigaciones como la de Betancourth Zambrano et al. (2020) corroboran que determinadas estrategias, como la confrontación de argumentos, favorecen el desarrollo del pensamiento crítico al exigir al alumnado argumentar, escuchar otras opiniones y justificar sus ideas. Esta aportación confirma que su importancia no se limita al plano teórico, sino que posee una aplicación práctica clara en el aula.
Pese al creciente reconocimiento del pensamiento crítico dentro del ámbito educativo, su incorporación real en la práctica docente continúa siendo una tarea pendiente. Esta competencia aparece de forma recurrente en normativas y discursos pedagógicos; sin embargo, su desarrollo efectivo en el aula no siempre se materializa. Desde este planteamiento, Benavides y Ruíz (2022) ponen de manifiesto la existencia de una brecha clara entre lo que se plantea a nivel teórico y lo que realmente se lleva a cabo en la práctica, lo que evidencia la necesidad de concretar mejor cómo trabajar el pensamiento crítico en contextos educativos reales. Esta situación lleva a cuestionar hasta qué punto el sistema educativo está logrando integrar de manera efectiva este enfoque o si, en cambio, el pensamiento crítico continúa funcionando principalmente como un ideal teórico con una aplicación limitada en la práctica educativa.
Esta dificultad no responde únicamente a un momento concreto, sino que se extiende tanto a la Educación Primaria como a la Educación Secundaria. Algunas investigaciones recogidas en la revista Innova Educación reflejan esta problemática. En el caso de la Educación Secundaria, Albertos y de la Herrán (2018) señalan que, aunque existen programas diseñados para fomentar esta competencia, su presencia explícita en el aula sigue siendo muy limitada.
En cuanto a la Educación Primaria, estudios como el de Pérez et al. (2021) evidencian niveles bajos de pensamiento crítico en el alumnado, lo que refuerza la necesidad de incluir metodologías activas que favorezcan su desarrollo. A ello se suma la advertencia de estos autores sobre el riesgo de que, si no se trabaja de manera intencionada, esta competencia no solo no mejore con el tiempo, sino que pueda incluso experimentar un retroceso.
Por otra parte, la irrupción de nuevas tecnologías, y especialmente de la inteligencia artificial, ha vuelto a colocar el pensamiento crítico en el centro de la reflexión educativa. En un escenario en el que las máquinas son capaces de generar textos, respuestas o soluciones de forma automática, se hace imprescindible que el colectivo estudiantil desarrolle la capacidad de analizar esa información, cuestionarla y no asumirla sin más. Esto introduce un matiz importante en la forma de entender el pensamiento crítico: ya no se trata únicamente de examinar los contenidos, sino también de reflexionar sobre las propias herramientas que los generan y condicionan.
La evolución descrita pone de manifiesto una cierta contradicción dentro del ámbito educativo, ya que, a pesar de su creciente reconocimiento en el discurso pedagógico y en los marcos normativos, su implementación práctica en el aula no siempre se materializa de manera efectiva. Aunque el pensamiento crítico ha ido ganando presencia, su desarrollo real en las aulas sigue siendo limitado, tal y como ponen de manifiesto diversos estudios. Esto indica que no basta con considerarlo una competencia clave, sino que es necesario concretar cómo trabajarlo de forma efectiva y continuada. En este sentido, su creciente importancia no solo responde a las demandas sociales actuales, sino que también plantea el desafío de transformar las prácticas educativas para que realmente favorezcan un aprendizaje más reflexivo, autónomo y consciente.
En definitiva, el recorrido del pensamiento crítico dentro de la educación muestra una evolución clara hacia su consolidación como una competencia fundamental. Sin embargo, esta evolución también evidencia una carencia significativa en su desarrollo real. Por ello, más allá de su reconocimiento en investigaciones y marcos normativos, resulta imprescindible avanzar hacia su implementación efectiva mediante propuestas didácticas concretas. De este modo, se podrá asegurar que el colectivo estudiantil no se limite a acumular conocimientos, sino que llegue a desarrollar habilidades para reflexionar, cuestionar y tomar decisiones con criterio en una sociedad cada vez más compleja.
Frente a las demandas de una sociedad contemporánea caracterizada por la abundancia de información y la necesidad de interpretarla de manera reflexiva, el sistema educativo debe superar
el enfoque centrado solamente en la transmisión de conocimientos. En este sentido, resulta imprescindible promover dinámicas de aprendizaje que favorezcan el desarrollo de capacidades cognitivas de mayor complejidad. De este modo, fomentar el pensamiento crítico implica diseñar propuestas didácticas que impulsen la reflexión, la elaboración de juicios propios y la construcción de conclusiones sólidas y argumentadas.
Sin embargo, al revisar distintas investigaciones, se observa una cuestión preocupante: a pesar de la importancia que se le atribuye al pensamiento crítico, su presencia real en las aulas sigue siendo reducida. Estudios como el de Pérez et al. (2021) muestran niveles bajos en los sujetos participantes de Educación Primaria, lo que sugiere que no se está trabajando de manera continuada. De forma similar, Rodríguez Morúa et al. (2019) indican que muchas prácticas educativas siguen centradas en la repetición y la memorización, lo que dificulta el desarrollo de capacidades como el análisis o el cuestionamiento. Esto muestra de manera significativa una desconexión clara entre el discurso educativo y la práctica diaria en el aula, lo que resulta especialmente relevante, ya que evidencia que el reconocimiento teórico del pensamiento crítico no garantiza su desarrollo real, poniendo de manifiesto la necesidad de concretar estrategias didácticas que permitan trasladar estos planteamientos al contexto educativo de forma efectiva.
Partiendo de este planteamiento, distintas investigaciones evidencian que el desarrollo del pensamiento crítico está vinculado a la implementación de metodologías activas en las que el alumnado asuma un rol protagonista en su propio aprendizaje. Como señalan Bermeo Berrú et al. (2026), estrategias como el aprendizaje basado en problemas, el trabajo cooperativo o el análisis de situaciones reales favorecen la adquisición de habilidades como la interpretación, la argumentación y la toma de decisiones. Este tipo de enfoques resulta significativo, ya que sitúa a los estudiantes ante contextos abiertos en los que no existe una única respuesta correcta, lo que les impulsa a reflexionar, contrastar información y fundamentar sus ideas. Sin embargo, la efectividad de estas propuestas no depende únicamente de su diseño, sino de las condiciones reales del aula, como el tiempo disponible, la formación docente o el contexto educativo, lo que puede limitar su aplicación sistemática.
De esta forma, el Aprendizaje Basado en Problemas (ABP) aparece como una de las estrategias más completas. Plantear a los estudiantes una cuestión como si realmente podemos fiarnos de toda la información que encontramos en internet supone un punto de partida muy cercano a su realidad. A partir de ahí, los menores en etapa educativa no solo buscan información, sino que comparan fuentes, detecta diferencias y trata de justificar cuál considera más fiable. Este proceso, aunque pueda parecer sencillo, implica poner en marcha varias habilidades propias del pensamiento crítico. Aquí aparece un elemento clave, ya que es donde realmente se produce el aprendizaje, porque los menores en etapa educativa no están repitiendo información, sino trabajando con ella. Este tipo de estrategias requieren una guía constante por parte del docente. Si no se plantean preguntas que orienten el análisis, es fácil que la actividad se quede en una búsqueda superficial sin reflexión.
En relación con lo anterior, el análisis crítico de la información digital se vuelve especialmente relevante en el contexto actual. Blanco-López et al. (2017) insisten en la importancia de enseñar a quienes aprenden a evaluar la fiabilidad de las fuentes y a identificar posibles sesgos. En la práctica, esto puede trabajarse a partir de la comparación de noticias sobre un mismo tema, donde quienes aprenden tengan que fijarse en quién escribe, qué lenguaje se utiliza o qué intención puede haber detrás del mensaje. Se aprecia que, esta estrategia tiene un valor añadido, y es que conecta directamente con la vida cotidiana del escolar. No es un aprendizaje abstracto, sino algo que pueden aplicar fuera del aula.
No obstante, esta perspectiva puede matizarse si se considera que, en muchas ocasiones, se asume que los discentes ya poseen estas habilidades por el hecho de desenvolverse en entornos digitales, cuando en realidad requieren una enseñanza explícita y sistemática. En este sentido, se observa una tensión entre el potencial educativo de estas propuestas y su implementación real en el aula, ya que, aunque existen estrategias claramente orientadas al desarrollo del pensamiento crítico, su aplicación no siempre se lleva a cabo de manera continuada ni intencional. Esto invita a cuestionar hasta qué punto el sistema educativo está respondiendo de forma efectiva a las demandas de un contexto caracterizado por la sobreinformación y la desinformación, y refuerza la necesidad de integrar este tipo de prácticas de manera más estructurada en la enseñanza.
En una línea similar, el análisis de publicidad que proponen Blanco-López et al. (2017) permite trabajar el pensamiento crítico desde edades tempranas. Analizar un anuncio dirigido a niños, fijándose en qué mensaje transmite o qué recursos utiliza para convencer, supone un primer acercamiento al cuestionamiento de la información. Lo interesante aquí es que los aprendices empiezan a darse cuenta de que no todo lo que ve es neutral. Este tipo de actividades generan un cambio significativo en los participantes, ya que favorecen el paso de una aceptación automática de la información a una actitud más reflexiva y cuestionadora. A través de ellas, los estudiantes comienzan a analizar los mensajes que reciben, a identificar posibles intenciones y a plantearse la veracidad de los contenidos, lo que constituye una base fundamental para el desarrollo del pensamiento crítico.
El impacto de estas actividades depende, en gran medida, de la continuidad con la que se integren en la práctica educativa. Cuando se plantean de forma puntual, existe el riesgo de que se perciban como experiencias aisladas sin una repercusión real en el aprendizaje. Por el contrario, su incorporación sistemática favorece la consolidación de hábitos de análisis, cuestionamiento y argumentación, permitiendo que estas habilidades se transfieran a diferentes contextos, tanto dentro como fuera del aula.
Por otra parte, el debate se manifiesta como una de las estrategias más eficientes para el desarrollo del pensamiento crítico, tal y como señalan Betancourth Zambrano et al. (2020). Plantear cuestiones abiertas que generen diversidad de opiniones obliga al alumnado a argumentar, justificar sus ideas y confrontarlas con las de los demás. En este proceso adquiere especial relevancia la capacidad de escuchar activamente y reconsiderar las propias posiciones a partir de nuevos argumentos, lo que contribuye a un aprendizaje más profundo.
Para que el debate cumpla una función formativa, resulta imprescindible una adecuada planificación. La ausencia de preparación previa o de normas claras puede derivar en intercambios superficiales de opiniones, sin un verdadero proceso de análisis o construcción del conocimiento. Por ello, la intervención docente resulta clave para estructurar la actividad y orientar la participación de los estudiantes hacia una reflexión fundamentada.
Asimismo, los juegos de rol aportan una dimensión diferente, ya que obligan a quienes participan en el proceso educativo a situarse en perspectivas distintas a la suya. De acuerdo con lo expuesto por Blanco-López et al. (2017), asumir diferentes roles en torno a un problema permite comprender la complejidad de las situaciones y analizar cómo influyen distintos intereses. Esta estrategia resulta interesante porque rompe con la creencia de que existe una sola manera de interpretar la realidad. Aun así, también requiere una planificación cuidadosa, ya que no es una actividad que pueda improvisarse sin más.
Otra propuesta relevante es el uso del diálogo guiado a partir de textos o situaciones concretas. Bermeo Berrú et al. (2026) destacan su potencial para fomentar la argumentación desde edades tempranas. Mediante el uso de preguntas guía, el profesorado puede estimular la reflexión, favorecer la argumentación de las propias ideas y propiciar la consideración de distintas perspectivas. Este planteamiento evidencia que el desarrollo del pensamiento crítico no depende de actividades complejas, sino de la calidad de las interacciones que tienen lugar en el aula.
Por último, algunas investigaciones subrayan el potencial de las simulaciones y entornos digitales en los que los aprendices deben tomar decisiones y analizar sus consecuencias (Bermeo Berrú et al., 2026). Estas propuestas pueden resultar especialmente motivadoras, ya que sitúan a los educandos en escenarios dinámicos que requieren interpretar información, anticipar resultados y valorar distintas alternativas antes de actuar. Este tipo de experiencias favorece el desarrollo del razonamiento, al implicar procesos de análisis, toma de decisiones y evaluación de consecuencias. Además, permiten trabajar el pensamiento crítico de manera contextualizada, conectando el aprendizaje con situaciones que simulan la complejidad del mundo real.
Ahora bien, su efectividad depende en gran medida del enfoque didáctico desde el que se aplican. La mera introducción de herramientas o entornos digitales no asegura, por sí sola, el desarrollo del pensamiento crítico. Para que estas propuestas tengan un impacto real, deben acompañarse de espacios de reflexión posterior en los que los discentes puedan analizar las decisiones tomadas, justificar sus elecciones y reconsiderar posibles alternativas. Cuando este proceso no se incorpora, la actividad puede quedar reducida a una experiencia superficial centrada en la interacción, alejada de un aprendizaje profundo y de una verdadera comprensión de los contenidos trabajados.
En definitiva, el análisis de las distintas estrategias didácticas constata que el desarrollo del pensamiento crítico no depende únicamente de la actividad en sí, sino del enfoque pedagógico con el que se plantea. No se trata de introducir metodologías innovadoras de forma aislada, sino de construir un contexto educativo en el que la reflexión, el análisis y la argumentación se integren de manera habitual en el proceso de aprendizaje. Esto implica una planificación intencional por parte del profesorado, orientada a generar situaciones que requieran cuestionar la información, contrastar ideas y fundamentar las propias opiniones.
Desde esta perspectiva, la figura del docente cobra un papel fundamental como agente mediador en el proceso de aprendizaje. Su función no se limita a proponer actividades, sino que consiste en guiar los procesos de pensamiento de los escolares, plantear preguntas que estimulen la reflexión y favorecer un clima de aula en el que el error se entienda como parte del aprendizaje. De este modo, el desarrollo del pensamiento crítico se vincula directamente con la calidad de la interacción pedagógica, más que con la mera incorporación de recursos o metodologías concretas.
Todo ello evidencia la conveniencia de revisar y transformar la visión tradicional del proceso de enseñanza. Aprender no implica únicamente adquirir contenidos, sino saber interpretarlos, cuestionarlos y utilizarlos de manera significativa en diferentes contextos. En consecuencia, el pensamiento crítico deja de entenderse como una habilidad puntual para convertirse en una forma de relación con el conocimiento, que atraviesa todas las áreas del aprendizaje. Asimismo, en un contexto marcado por la creciente presencia de la tecnología y la inteligencia artificial, esta competencia adquiere una dimensión ética ineludible, lo que refuerza la necesidad de abordarla de manera integrada en el proceso educativo y justifica su conexión con el apartado siguiente.
El desarrollo del pensamiento crítico, dentro del contexto educativo actual marcado por la sobreinformación y la presencia constante de herramientas digitales, requiere incorporar una dimensión ética. No se trata únicamente de enseñar a los escolares a analizar información o a utilizar recursos tecnológicos, sino de favorecer una comprensión más profunda que les permita posicionarse de manera responsable ante la información y los recursos tecnológicos. Desde este planteamiento, el pensamiento crítico no se limita a evaluar contenidos, sino que también implica aprender a utilizar la información y la tecnología de forma consciente, ética y reflexiva.
Pensar de manera crítica implica no solo comprender y evaluar contenidos, sino también desarrollar criterios para decidir cómo se utilizan, con qué finalidad y qué consecuencias pueden derivarse de ello. Esto requiere que los niños sean capaces de identificar la fiabilidad de las fuentes, reconocer posibles sesgos y evitar la difusión acrítica de la información. Asimismo, supone tomar conciencia del papel que desempeñan elementos como los algoritmos en la selección de contenidos y del impacto que determinadas decisiones pueden tener en el entorno digital. De este modo, el uso de la tecnología deja de entenderse como una cuestión meramente instrumental para convertirse en un proceso reflexivo basado en el análisis, el criterio y la responsabilidad.
En el contexto actual, caracterizado por la presencia constante de herramientas digitales y por el desarrollo creciente de la inteligencia artificial, resulta difícil separar el uso de la tecnología de sus implicaciones éticas. Tal y como señala Angulo (2024), vivimos en un mundo tecnológicamente globalizado en el que la ética se convierte en un criterio fundamental de calidad. Esta afirmación permite comprender que no todo uso de la tecnología es válido por el simple hecho de ser posible, lo que introduce la necesidad de cuestionar no solo qué se puede hacer, sino también si se debe hacer y en qué condiciones.
Desde una perspectiva educativa, esta realidad plantea la necesidad de formar a unos educandos capaces de tomar decisiones informadas en entornos digitales complejos. No basta con dominar herramientas o acceder a información, sino que resulta imprescindible desarrollar una competencia crítica que permita interpretar, valorar y utilizar dicha información de manera responsable. Esto implica, entre otros aspectos, cuestionar la veracidad de las fuentes, reflexionar sobre el uso de sistemas automatizados o analizar las implicaciones de delegar procesos cognitivos en herramientas tecnológicas.
En esta línea, uno de los riesgos más relevantes en el ámbito educativo es la tendencia a incorporar la tecnología desde un enfoque predominantemente instrumental. Con frecuencia, el discurso se centra en aspectos como la innovación, la eficiencia o la motivación del alumnado, dejando en un segundo plano la reflexión sobre sus implicaciones educativas. Sin embargo, esta forma de entender la integración tecnológica resulta limitada si se considera que el uso de estas herramientas no es neutro. Desde esta perspectiva, dicha aproximación entra en tensión con el desarrollo del pensamiento crítico, ya que no es posible fomentar esta competencia sin atender a la dimensión ética y reflexiva que acompaña al uso de la tecnología en el proceso de aprendizaje.
La relevancia de esta dimensión no siempre se corresponde con su presencia real en la práctica educativa, donde todavía predomina un enfoque centrado en el uso técnico de la tecnología frente a una reflexión crítica sobre sus implicaciones pedagógicas, éticas y sociales.
En relación con esta cuestión, Naranjo et al. (2023) subrayan que la incorporación de la inteligencia artificial en el ámbito educativo conlleva importantes retos vinculados a la responsabilidad, la equidad y los procesos de toma de decisiones. Esta aportación introduce una idea fundamental: la tecnología no es neutra. Los sistemas de inteligencia artificial se configuran a partir de datos, algoritmos y criterios determinados que pueden condicionar los resultados que ofrecen. En consecuencia, los sujetos de aprendizaje no solo deben adquirir competencias para su uso, sino también desarrollar una mirada crítica que les permita analizarlos y cuestionar sus posibles limitaciones.
Ligado a esta cuestión, el tratamiento de los datos constituye una de las dimensiones éticas más relevantes. Según Duque-Rodríguez et al. (2025), la gestión de la información y la protección de los datos personales representan un aspecto central en el uso de la inteligencia artificial en el ámbito educativo. En muchos casos, los sujetos en formación emplean herramientas digitales sin ser plenamente consciente de qué ocurre con la información que genera. Plataformas educativas, redes sociales y aplicaciones basadas en inteligencia artificial recopilan datos de manera continua, lo que exige una mayor atención desde el ámbito educativo para hacer visible esta realidad y promover un uso más consciente.
Esta problemática se vincula directamente con el concepto de alfabetización digital. No se trata únicamente de que la comunidad de aprendizaje sepa manejar herramientas, sino de que comprenda su funcionamiento y las implicaciones de su uso. En este punto, se evidencia una carencia relevante en el sistema educativo, donde a menudo se asume que el colectivo estudiantil, por desenvolverse en entornos digitales, posee las competencias necesarias para utilizarlos adecuadamente. No obstante, esta cercanía no asegura un uso reflexivo ni ético, lo que pone de relieve la importancia de una intervención educativa deliberada y planificada.
Además, la dimensión ética se encuentra relacionada con la responsabilidad en la toma de decisiones. Tal y como señalan Naranjo et al. (2023), la educación debe promover una postura activa y consciente en el uso de la tecnología, lo que implica considerar aspectos como la veracidad de la información, el respeto en la comunicación digital o el uso adecuado de herramientas basadas en inteligencia artificial. En este sentido, el pensamiento crítico se proyecta más allá del análisis, incorporando una dimensión práctica vinculada a la acción.
Este planteamiento adquiere especial relevancia en un momento en el que los educandos disponen de herramientas capaces de generar contenidos, ofrecer soluciones o automatizar procesos. Esta situación plantea un interrogante fundamental: en qué medida el uso de estas tecnologías contribuye al desarrollo del pensamiento crítico o, por el contrario, puede limitarlo. Cuando se utilizan sin una reflexión previa, existe el riesgo de que los discentes deleguen en ellas procesos que resultan esenciales para su propio aprendizaje, como la organización de ideas, la elaboración de argumentos o la toma de decisiones.
En esta línea, Parraguez-Nuñez (2024) subraya la necesidad de integrar la inteligencia artificial en la educación desde un enfoque ético, prestando atención a aspectos como la autonomía del escolares o la presencia de sesgos en los sistemas. Esta perspectiva permite comprender que la tecnología no solo influye en los contenidos que se trabajan, sino también en la forma en la que se construye el pensamiento. Un uso inadecuado puede favorecer dinámicas de dependencia o dificultar el desarrollo de una reflexión autónoma, lo que refuerza la importancia de abordarla desde una mirada crítica.
Desde este enfoque, la clave no reside en rechazar la tecnología, sino en aprender a utilizarla de manera consciente. Esto implica formar a los estudiantes para que sean capaces de decidir cuándo emplear una herramienta, con qué finalidad y qué consecuencias puede tener su uso. En este punto, la dimensión ética se configura como un elemento integrador del proceso educativo, al vincular el pensamiento con la responsabilidad. Esto implica que el desarrollo del pensamiento crítico no puede entenderse únicamente como una habilidad cognitiva orientada al análisis o la evaluación de la información, sino como una competencia que también orienta la acción. De este modo, pensar críticamente supone no solo comprender la realidad, sino posicionarse ante ella y actuar de manera consciente en función de determinados valores.
Esta integración entre pensamiento y responsabilidad permite superar una concepción fragmentada del aprendizaje, en la que los contenidos, las habilidades y los valores se abordan de forma aislada. En su lugar, se propone un enfoque en el que los educandos no solo interpretan la información, sino que reflexionan sobre sus implicaciones y asume un papel activo en su uso. Esto resulta relevante en entornos digitales, donde cada acción tiene un impacto que trasciende el ámbito individual.
Asimismo, esta dimensión debe abordarse desde un enfoque aplicado y conectado con la realidad de quienes construyen su aprendizaje. No resulta suficiente tratar estas cuestiones desde un plano teórico, sino que es necesario generar situaciones de aprendizaje que promuevan la reflexión sobre
el uso de la tecnología. Actividades como el análisis del uso de la inteligencia artificial en tareas escolares, la reflexión sobre el tratamiento de los datos personales o la evaluación de la fiabilidad de la información en internet permiten trasladar estas cuestiones a contextos concretos. Este tipo de propuestas favorece un aprendizaje más significativo al vincular los contenidos con la experiencia cotidiana de los estudiantes.
En consecuencia, el desarrollo del pensamiento crítico no puede entenderse sin la incorporación de la dimensión ética. Pensar críticamente implica no solo analizar o cuestionar la información, sino también ser consciente de las consecuencias de las propias decisiones y asumir una responsabilidad en el uso de la tecnología. En un contexto donde esta tiene una presencia cada vez mayor, dicha dimensión deja de ser complementaria para convertirse en un elemento central del proceso educativo.
En síntesis, la dimensión ética y la responsabilidad en el uso de la tecnología no pueden entenderse como un elemento complementario, sino como un principio transversal que recorre todo el proceso de enseñanza y aprendizaje. Su incorporación resulta clave para formar a un alumnado capaz de interpretar la información y emplearla de manera consciente, crítica y responsable. En esta línea, este apartado se vincula directamente con el siguiente, centrado en la formación del profesorado, ya que sin una preparación adecuada será complejo trasladar estas consideraciones a la práctica educativa.
La integración de la dimensión ética en el uso de la tecnología introduce una cuestión central en el ámbito educativo: la función del profesorado como orientador de estos procesos en el aula. Si se considera que la escuela debe formar personas capaces de interpretar la información, cuestionar el uso de herramientas digitales y actuar con criterio en entornos cada vez más complejos, resulta imprescindible poner el foco en la formación docente. Tal y como señalan Martínez Bejarano (2025) y Rondon-Morel et al. (2024), la incorporación de la inteligencia artificial en la educación no solo modifica los procesos de aprendizaje del alumnado, sino que también redefine el papel del profesorado, lo que exige replantear su preparación desde una perspectiva crítica y ética. En esta línea, este aspecto no puede entenderse como algo accesorio, ya que el desarrollo del pensamiento crítico en la era digital depende en gran medida del acompañamiento que se realice desde la práctica docente, tal y como también indican Cañas Encinas et al. (2022) al resaltar la relevancia de la mediación del profesorado en el uso educativo de los recursos digitales.
Durante mucho tiempo, la formación docente se ha entendido, en muchos casos, como una cuestión complementaria o incluso secundaria dentro de los procesos de innovación educativa. Sin embargo, en el contexto actual esa idea resulta claramente insuficiente. La presencia creciente de internet, de las redes sociales y, más recientemente, de la inteligencia artificial en los entornos educativos ha transformado no solo los recursos disponibles, sino también las exigencias que recaen sobre el profesorado. Ya no basta con dominar unos contenidos disciplinares o con aplicar determinadas metodologías, sino que se hace necesario comprender cómo cambian los procesos de enseñanza y aprendizaje en un escenario marcado por la abundancia de información, la automatización y la mediación tecnológica, tal y como ya advertían Tapia y Castañeda (2021). En este sentido, Martínez Bejarano (2025) insiste en la necesidad de una formación docente que no se limite al plano técnico, sino que incorpore una mirada ética y crítica sobre la inteligencia artificial. Este planteamiento adquiere especial relevancia, porque desplaza el debate desde el simple «saber usar» hacia el «saber comprender» y «saber decidir», en línea con lo que también plantean Naranjo et al. (2023) respecto al uso responsable de la tecnología.
A partir de aquí, es pertinente abordar una cuestión que atraviesa todo lo anterior: no se puede pedir al profesorado que fomente en el grupo-clase capacidades que no ha tenido la oportunidad de desarrollar suficientemente en su propia formación. Si se espera que el docente enseñe a contrastar fuentes, a detectar sesgos, a reflexionar sobre el uso de los datos o a cuestionar las respuestas generadas por la inteligencia artificial, entonces también necesita una preparación específica para ello. Este punto resulta fundamental porque, en muchas ocasiones, el discurso educativo exige al profesorado una adaptación constante a los cambios tecnológicos, pero no siempre le ofrece herramientas reales para afrontarlos con seguridad y sentido pedagógico, algo que también señalan Benavides y Ruíz (2022) al evidenciar la distancia entre teoría y práctica educativa.
Rondon-Morel et al. (2024) analizan el impacto de la inteligencia artificial en la formación docente y señalan que esta transformación no puede entenderse únicamente en términos de innovación o eficiencia. La incorporación de la IA modifica la práctica educativa, las dinámicas del aula e incluso la manera en que el profesorado planifica, evalúa y acompaña el aprendizaje. Por ello, la formación docente debe ampliarse y actualizarse, no solo para conocer nuevas herramientas, sino para comprender sus implicaciones didácticas, cognitivas y éticas. Uno de los aspectos centrales del debate no reside únicamente en si los docentes utilizan o no tecnología, sino en los criterios desde los que la incorporan y en la intencionalidad educativa que orienta su uso, cuestión que conecta con lo señalado por Angulo (2024) sobre la necesidad de integrar la dimensión ética en entornos tecnológicos.
Además, esta cuestión se relaciona directamente con lo planteado en apartados anteriores sobre el pensamiento crítico como competencia imprescindible. Si se ha defendido que los estudiantes deben aprender a pensar en un entorno de sobreinformación, entonces también es necesario reconocer que el profesorado necesita aprender a enseñar en ese mismo entorno. Y enseñar en estas condiciones no es sencillo. Implica seleccionar información entre múltiples fuentes, discernir qué herramientas aportan realmente valor educativo, anticipar riesgos asociados a su uso y diseñar situaciones de aprendizaje en las que la tecnología no sustituya el razonamiento, sino que lo estimule, tal y como también se desprende de las propuestas metodológicas de Bermeo Berrú et al. (2026). Esta complejidad explica por qué la formación docente ya no puede concebirse como una actualización ocasional, sino como un proceso continuo.
En este sentido, Martínez Bejarano (2025) plantea una propuesta interesante al defender que formar al profesorado para comprender la inteligencia artificial generativa exige una aproximación ética y crítica. Esta idea resulta muy valiosa porque rompe con una visión reduccionista bastante extendida: aquella que identifica la formación digital con aprender a manejar plataformas o recursos. Evidentemente, ese conocimiento técnico es importante, pero resulta insuficiente si no va acompañado de una reflexión más profunda. El profesorado necesita comprender qué tipo de respuestas genera la inteligencia artificial, con qué límites trabaja, qué sesgos puede reproducir y qué efectos puede tener su uso sobre la autonomía intelectual de quienes aprenden, algo que también advierten Parraguez-Nuñez (2024) y Duque-Rodríguez et al. (2025). Dicho de otro modo, no se trata solo de incorporar herramientas nuevas al aula, sino de entender qué transformaciones introducen en la forma de enseñar y de aprender.
Esto conecta, además, con otra cuestión especialmente relevante: la autoridad pedagógica del docente en un contexto donde la tecnología parece ofrecer respuestas inmediatas a casi todo. La aparición de sistemas capaces de generar textos, resumir información, resolver problemas o proponer actividades puede llevar a pensar que el papel del profesorado pierde centralidad. Sin embargo, ocurre más bien lo contrario. Precisamente porque las herramientas tecnológicas facilitan respuestas rápidas, se vuelve aún más necesario el papel del docente como mediador, orientador y referente crítico, tal y como también apuntan Esteban García (2021) y Cañas Encinas et al. (2022). Tal y como se ha ido evidenciando a lo largo del trabajo, el verdadero reto ya no está en acceder a la información, sino en saber interpretarla, contextualizarla y utilizarla con criterio. Y esa tarea sigue requiriendo, de forma clara, la intervención pedagógica del profesorado.
Ahora bien, para que esto sea posible, la formación docente debe ir más allá de la simple familiarización con la tecnología. Rondon-Morel et al. (2024) muestran que la inteligencia artificial tiene un impacto relevante en la profesión docente, lo que obliga a repensar competencias, funciones y modos de actuación. Una de las implicaciones más importantes de esta idea es que el profesorado necesita desarrollar no solo competencia digital, sino también criterio pedagógico para decidir cuándo una herramienta resulta pertinente, cuándo puede enriquecer el aprendizaje y cuándo, por el contrario, puede empobrecerlo o generar dependencia. Esta capacidad de discernimiento resulta esencial, porque evita caer en dos extremos igualmente problemáticos: la aceptación acrítica de toda innovación tecnológica y el rechazo automático de cualquier herramienta por el mero hecho de ser nueva, tal y como advierten Lozada et al. (2023) y Marín (2024).
A partir de las investigaciones analizadas, se observa que la tecnología, por sí misma, no constituye una garantía de mejora educativa. Ya se ha señalado en apartados anteriores que el pensamiento crítico no se desarrolla automáticamente por el hecho de utilizar medios digitales (Cañas Encinas et al., 2022), del mismo modo que tampoco basta con incorporar estrategias novedosas si no existe una intención clara de fomentar el análisis, la argumentación o la reflexión (Bermeo Berrú et al., 2026; Betancourth Zambrano et al., 2020). Aplicado a la formación docente, esto significa que no es suficiente con capacitar al profesorado en el uso instrumental de la inteligencia artificial o de otras herramientas digitales; resulta imprescindible ofrecer una preparación que le permita analizar críticamente su valor pedagógico. En este punto emerge una idea central: el profesorado no necesita convertirse en especialista tecnológico, sino en un profesional capaz de tomar decisiones educativas fundamentadas en relación con la tecnología.
Asimismo, la formación docente adquiere una relevancia particular si se tiene en cuenta que una parte importante de los riesgos asociados al uso educativo de la inteligencia artificial no son inmediatamente visibles. Tal y como se ha señalado en el apartado anterior, cuestiones como la protección de datos, la privacidad, la reproducción de sesgos o la posible pérdida de autonomía de los estudiantes forman parte de la dimensión ética del problema (Duque Rodríguez et al., 2025; Naranjo et al., 2023; Parraguez-Nuñez, 2024). Esto refuerza la necesidad de preparar al profesorado para identificar y analizar estos riesgos. No es posible acompañar críticamente al menores en etapa educativa sin una reflexión previa sobre las implicaciones de las herramientas que se están utilizando en el aula.
A su vez, esta preparación docente debe entenderse como una condición necesaria para que el pensamiento crítico no se limite a un ideal teórico. En apartados anteriores se ha mostrado que existe una distancia significativa entre el reconocimiento del pensamiento crítico en los discursos pedagógicos y su desarrollo real en la práctica educativa (Benavides y Ruíz, 2022; Pérez et al., 2021). Una parte de esa distancia puede explicarse precisamente por las dificultades que encuentra el profesorado para trasladar esos grandes objetivos a propuestas concretas de aula. Es decir, no basta con constatar que es necesario formar alumnado crítico; resulta imprescindible que los docentes dispongan de criterios, estrategias y seguridad profesional para hacerlo posible. En este sentido, la formación docente cumple una función esencial.
Por otro lado, también conviene señalar que la formación del profesorado no puede plantearse desde una lógica de culpabilización. A menudo, cuando se habla de innovación, de competencia digital o de integración de la inteligencia computacional, se tiende a presentar al profesorado como si estuviera siempre «llegando tarde» a los cambios. Sin embargo, esta forma de enfocar la cuestión resulta injusta y poco útil. El problema no radica en una supuesta falta de interés del profesorado, sino en que se le exige responder a transformaciones muy rápidas, profundas y complejas, muchas veces sin tiempos, recursos o acompañamiento suficiente, en un contexto en el que la evolución tecnológica avanza a un ritmo superior al de la propia adaptación de las estructuras educativas y de los programas de formación docente. Reconocer esto permite entender que la formación docente no debe vivirse como una carga añadida, sino como un derecho profesional y una necesidad estructural del sistema educativo.
Además, la formación docente no solo tiene que ver con aprender a integrar tecnologías, sino también con revisar la propia concepción de enseñanza. Este aspecto resulta fundamental. Como ya se ha señalado en el apartado 3.3. Estrategias didácticas para su desarrollo en Primaria y Secundaria, fomentar el pensamiento crítico implica replantear la forma en la que se entiende el aprendizaje. No se trata de transmitir respuestas cerradas, sino de abrir espacios para la pregunta, la argumentación y la reflexión. En este sentido, la formación docente debe favorecer el tránsito desde un modelo centrado en la reproducción de contenidos hacia otro que otorgue mayor protagonismo a la interpretación, al análisis y al uso significativo del conocimiento. Este cambio pedagógico resulta incluso más relevante que el dominio de cualquier herramienta concreta, ya que es lo que permite que la tecnología no determine por sí sola el rumbo de la enseñanza.
En relación con ello, Martínez Bejarano (2025) resulta especialmente útil al insistir en que comprender la inteligencia computacional en la formación docente exige una postura crítica. Esta aportación resulta especialmente acertada porque sugiere que el profesorado no debe situarse ni en el entusiasmo ingenuo ni en el rechazo absoluto, sino en una posición reflexiva. Esa posición intermedia, que cuestiona, valora, selecciona y contextualiza, es precisamente la que puede hacer posible un uso educativo más responsable. Esta idea conecta directamente con el enfoque general del trabajo, ya que educar para pensar en un contexto de sobreinformación no puede limitarse a enseñar contenidos o herramientas, sino que requiere adoptar una lógica coherente con el propio pensamiento crítico. Esto implica que el profesorado no solo debe promover en el alumnado la capacidad de analizar, cuestionar y reflexionar, sino también incorporar esos mismos procesos en su forma de enseñar. De este modo, el pensamiento crítico deja de ser un objetivo teórico para convertirse en un principio que orienta la práctica educativa, en la que se prioriza la interpretación, el contraste de ideas y la toma de decisiones fundamentadas frente a la mera transmisión de información.
Otro aspecto especialmente relevante es que la formación docente tiene un efecto multiplicador. Preparar a un docente para integrar de manera crítica y ética la tecnología en su práctica no solo mejora su propia actuación profesional, sino que repercute en la experiencia de aprendizaje de todo sus escolares. Esto implica que invertir en formación docente no es una cuestión periférica, sino una de las vías más eficaces para transformar la cultura escolar. Tal y como ocurre con el pensamiento crítico, los cambios más significativos no suelen depender de una actividad aislada, sino de la creación de un contexto donde determinadas formas de pensar y actuar se vuelven habituales. Y ese contexto depende en gran medida de las decisiones pedagógicas del profesorado (Cañas Encinas et al., 2022; Bermeo Berrú et al., 2026).
Asimismo, es relevante subrayar que la formación docente debe atender tanto a la etapa de formación inicial como a la formación permanente. Si la universidad no incorpora una preparación suficiente sobre pensamiento crítico, ética digital e inteligencia artificial, los futuros docentes llegarán a las aulas con carencias importantes. Sin embargo, tampoco sería suficiente limitar esta preparación a la etapa inicial, ya que el cambio tecnológico es constante y obliga a revisar, actualizar y resignificar conocimientos de forma continua. Esto confirma que la formación docente no puede entenderse como un proceso cerrado, sino como una construcción profesional permanente.
Ligado a ello, una formación docente adecuada debe contribuir a reducir la posible sensación de inseguridad ante el uso de la inteligencia artificial y otras tecnologías emergentes. Cuando no se comprenden bien las herramientas, es frecuente que aparezcan dos respuestas opuestas: o bien se utilizan de manera precipitada, sin valorar sus consecuencias, o bien se evitan por temor, desconfianza o desconocimiento. Ninguna de estas posiciones resulta pedagógicamente deseable. Por ello, formar al profesorado implica también proporcionarle marcos de comprensión que le permitan actuar con mayor seguridad, criterio y autonomía profesional. En este sentido, la formación no solo aporta conocimientos, sino también confianza para tomar decisiones ajustadas a cada contexto educativo.
Después de todo lo analizado, hay una idea difícil de cuestionar: no es posible abordar de manera rigurosa el desarrollo del pensamiento crítico, el uso ético de la tecnología o la integración educativa de la inteligencia artificial sin situar la formación docente en el centro del debate (Martínez Bejarano, 2025; Rondon-Morel et al., 2024). El profesorado ocupa una posición estratégica, ya que es quien traduce los principios pedagógicos en prácticas reales, quien media entre la tecnología y el alumnado y quien puede convertir una herramienta digital en una oportunidad de aprendizaje o, por el contrario, en una experiencia vacía de reflexión (Cañas Encinas et al., 2022). Ignorar su preparación supondría, en cierto modo, debilitar todo lo que se ha defendido hasta ahora, ya que cualquier propuesta educativa, por fundamentada que esté a nivel teórico, depende de su implementación en el aula para adquirir sentido. En este contexto, la formación docente se configura como un elemento determinante, puesto que es el profesorado quien interpreta los enfoques pedagógicos, los adapta a las características de los sujetos en formación y los concreta en experiencias de aprendizaje significativas (Naranjo et al., 2023). Sin una preparación adecuada, existe el riesgo de que conceptos como el pensamiento crítico o el uso ético de la tecnología queden reducidos a declaraciones teóricas sin una aplicación real, o que la integración de herramientas como la inteligencia artificial derive en prácticas superficiales (Parraguez-Nuñez, 2024). Por el contrario, una formación sólida permite tomar decisiones fundamentadas, seleccionar estrategias coherentes y orientar el uso de la tecnología hacia un aprendizaje reflexivo, lo que refuerza la idea de que la calidad educativa no depende únicamente de los recursos disponibles, sino del criterio pedagógico con el que se utilizan (Bermeo Berrú et al., 2026).
En definitiva, la formación docente se presenta como una pieza imprescindible para afrontar los retos educativos de la era digital, ya que la transformación tecnológica no solo introduce nuevas herramientas, sino que modifica profundamente la manera en que se accede a la información, se construye el conocimiento y se desarrollan los procesos de enseñanza aprendizaje. En este contexto, el papel del profesorado resulta determinante, dado que es quien interpreta estos cambios, los traduce en prácticas educativas concretas y orienta su impacto en los menores en etapa educativa (Rondon
Morel et al., 2024; Martínez Bejarano, 2025). Además, diversas investigaciones señalan que la incorporación de tecnologías, incluida la inteligencia artificial, no garantiza por sí misma una mejora educativa, sino que su valor depende del enfoque pedagógico con el que se utilicen y de la mediación docente que las acompañe (Cañas Encinas et al., 2022; Naranjo et al., 2023). Por ello, no puede entenderse como un aspecto secundario ni como un mero complemento técnico, sino como una condición básica para que la escuela pueda responder de manera crítica, ética y pedagógicamente sólida a los cambios actuales. Formar al profesorado en este contexto implica mucho más que enseñarle a manejar recursos tecnológicos: supone acompañarle en la comprensión de sus implicaciones, en el análisis de sus límites y en la construcción de criterios para utilizarlos de manera responsable. Solo así será posible que el pensamiento crítico, la ética y el uso consciente de la tecnología no queden reducidos al plano del discurso, sino que se conviertan en realidades educativas concretas. En este sentido, este apartado abre paso al siguiente, donde resulta necesario profundizar en una cuestión de fondo que atraviesa todo lo anterior: qué se entiende hoy por conocimiento en una era mediada por la tecnología y por sistemas capaces de producir información de manera automática.
El análisis del pensamiento crítico, de las estrategias didácticas para su desarrollo, de la dimensión ética del uso de la tecnología y de la formación docente permite introducir una perspectiva que aporta un matiz especialmente relevante dentro de este debate. En esta línea, autores como Lozada et al. (2023) y Marín (2024) representan corrientes críticas que, sin rechazar la presencia de la tecnología en la educación, advierten sobre los riesgos de situarla en el centro del proceso de enseñanza aprendizaje. Este enfoque resulta particularmente significativo porque cuestiona una idea ampliamente extendida: que una mayor incorporación de tecnología implica, de forma automática, una mejora educativa. Asimismo, Lozada et al. (2023) y Marín (2024) alertan sobre las consecuencias que puede tener una dependencia excesiva de la inteligencia artificial en el desarrollo del pensamiento autónomo y crítico, lo que conecta directamente con el eje central de este trabajo.
En este sentido, una de las principales aportaciones de estas corrientes consiste en recordar que la tecnología no puede convertirse en el fin de la educación, sino, en todo caso, en un medio subordinado a objetivos pedagógicos más amplios. Esta idea resulta clave porque permite recuperar algo que ya se ha ido planteando en apartados anteriores: el centro del proceso educativo no debería situarse en la herramienta, sino en el tipo de pensamiento que se pretende promover en el alumnado. De hecho, si se ha defendido que el pensamiento crítico implica comprender, cuestionar, argumentar y tomar decisiones fundamentadas (Benavides y Ruíz, 2022; Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos, 2023), entonces cualquier recurso que termine debilitando estos procesos merece ser analizado con cautela. Desde esta perspectiva, las corrientes críticas no se oponen tanto a la existencia de tecnologías como al desplazamiento de las funciones cognitivas de los sujetos educativos en favor de respuestas automáticas, inmediatas y ya elaboradas.
A partir de aquí, uno de los núcleos más importantes de esta mirada crítica tiene que ver con la dependencia. El propio título del trabajo de Marín (2024), centrado en la dependencia y la afección del pensamiento crítico, sitúa con claridad una preocupación de fondo: cuando la inteligencia artificial deja de ser un apoyo puntual y se convierte en un sustituto del esfuerzo intelectual, el desarrollo del pensamiento puede verse afectado. Esta advertencia resulta especialmente pertinente en el contexto escolar, donde el aprendizaje no consiste únicamente en obtener respuestas correctas, sino en recorrer procesos de búsqueda, contraste, duda, reformulación y elaboración personal. Si una herramienta ofrece de manera inmediata un texto, una solución o una interpretación, existe el riesgo de que los estudiantes se acostumbren a aceptar resultados sin preguntarse cómo se han construido, qué límites presentan o qué problemas pueden contener. En ese caso, la tecnología no estaría ampliando el pensamiento, sino reduciendo la necesidad de activarlo.
Esta idea conecta directamente con lo que ya se ha señalado a propósito del pensamiento crítico como competencia imprescindible. A lo largo del trabajo se ha defendido que no basta con que los educandos tengan acceso a la información, sino que necesita desarrollar la capacidad de analizarla, interpretarla y utilizarla con criterio (Angarita Valencia, 2021; Tapia y Castañeda, 2021). Sin embargo, las corrientes críticas advierten de que determinadas tecnologías, especialmente aquellas basadas en inteligencia artificial pueden generar una ilusión de competencia que en realidad encubre un empobrecimiento del proceso cognitivo. Este constituye uno de los puntos más delicados del debate actual, ya que introduce una dificultad importante desde el punto de vista pedagógico: la posible confusión entre rendimiento aparente y aprendizaje real. El hecho de que los alumnos sean capaces de producir respuestas de forma más rápida o eficiente no garantiza que haya comprendido los contenidos ni que haya desarrollado procesos cognitivos complejos. En muchos casos, la utilización de herramientas que generan información de manera inmediata puede ocultar la ausencia de análisis, de reflexión o de elaboración personal.
Esta situación resulta especialmente problemática porque dificulta la evaluación del aprendizaje, tanto para el profesorado como para el propio alumnado, al generar una sensación de competencia que no siempre se corresponde con un dominio real del conocimiento. Además, puede favorecer una reducción del esfuerzo cognitivo, ya que el acceso inmediato a respuestas limita la necesidad de cuestionar, contrastar o argumentar. De este modo, el riesgo no radica únicamente en el uso de la tecnología, sino en la sustitución progresiva de procesos esenciales para el desarrollo del pensamiento crítico, como la duda, la interpretación o la toma de decisiones fundamentadas.
En esta misma línea, Lozada et al. (2023) ponen el foco en los riesgos de la inteligencia artificial en la educación, lo que permite introducir una reflexión más amplia sobre las consecuencias de otorgar a la tecnología un protagonismo excesivo. Aunque con frecuencia se subrayan sus ventajas en términos de rapidez, accesibilidad o personalización, estas corrientes recuerdan que también existen efectos menos visibles, pero profundamente relevantes desde el punto de vista pedagógico. Entre ellos, destaca la posible pérdida de autonomía intelectual. Si los estudiantes se acostumbran a recurrir de manera constante a sistemas que generan respuestas, organizan ideas o resuelven problemas por él, puede disminuir su disposición a enfrentarse a la dificultad, a sostener la incertidumbre o a elaborar respuestas propias. Y precisamente ahí es donde el pensamiento crítico debería encontrar uno de sus principales espacios de desarrollo.
Esta cuestión resulta especialmente importante porque obliga a replantear la relación entre facilidad y aprendizaje. En educación, no todo lo que simplifica una tarea contribuye necesariamente a una formación más profunda. De hecho, algunas de las experiencias de aprendizaje más valiosas son aquellas que exigen tiempo, esfuerzo cognitivo, revisión de errores y reformulación de ideas. En este sentido, las advertencias de Marín (2024) y Lozada et al. (2023) invitan a cuestionar una lógica bastante extendida según la cual cuanto más simplificado está el proceso, mejor es el resultado educativo. Desde una mirada crítica, esta relación no siempre se cumple. En ocasiones, simplificar en exceso puede implicar vaciar de contenido el propio acto de aprender.
Además, estas corrientes también permiten recuperar una preocupación ya abordada en los apartados dedicados a la ética y a la formación docente: la necesidad de no confundir innovación con mejora real. Tal y como se ha venido señalando, la introducción de medios digitales en el aula no garantiza por sí sola el desarrollo del pensamiento crítico (Cañas Encinas et al., 2022), del mismo modo que las metodologías activas solo resultan eficaces cuando están orientadas de manera intencional hacia la reflexión, la argumentación y el análisis (Betancourth Zambrano et al., 2020; Bermeo Berrú et al., 2026). Aplicado a estas corrientes críticas, esto significa que la presencia de inteligencia artificial en la escuela no debería evaluarse únicamente por su novedad o por su capacidad de agilizar tareas, sino por el tipo de relación con el conocimiento que promueve. En este punto emerge una cuestión fundamental: si la tecnología está contribuyendo a que los educandos piensen mejor o, por el contrario, lo está habituando a reducir su implicación cognitiva. La respuesta a esta cuestión no puede plantearse en términos absolutos, ya que el impacto de la tecnología sobre el pensamiento de la comunidad de aprendizaje depende fundamentalmente del uso pedagógico que se haga de ella. Cuando la tecnología se integra como una herramienta orientada a promover el análisis, la reflexión y la toma de decisiones, puede contribuir al desarrollo del pensamiento crítico, ampliando las posibilidades de acceso a la información, facilitando el contraste de fuentes y generando nuevas oportunidades de aprendizaje. Sin embargo, cuando se utiliza como un sustituto de los procesos cognitivos, puede derivar en una reducción de la implicación intelectual de los jóvenes.
En este sentido, la clave no reside en la tecnología en sí misma, sino en el tipo de relación con el conocimiento que se construye a través de su uso. Así, más que determinar si la tecnología mejora o empobrece el pensamiento, resulta necesario analizar en qué condiciones pedagógicas favorece procesos de aprendizaje profundos o, por el contrario, promueve dinámicas de dependencia y superficialidad.
Ligado a ello, también resulta relevante señalar que estas corrientes no solo cuestionan el uso excesivo de la tecnología, sino también la lógica cultural que puede instalar en el aula. En un contexto donde predominan la inmediatez, la rapidez y la búsqueda de resultados instantáneos, la inteligencia artificial puede reforzar dinámicas que ya dificultan el desarrollo del pensamiento crítico. Como se ha expuesto en la introducción del trabajo, vivimos en una sociedad marcada por la sobreinformación y por la dificultad para gestionar de forma adecuada el conocimiento disponible (Benavides y Ruíz, 2022; Uribe Hincapié y Gutiérrez Ríos, 2023). Si a esto se suman herramientas que reducen aún más los tiempos de elaboración personal, el riesgo no es solo tecnológico, sino también cultural y pedagógico. Aquí se encuentra una de las principales aportaciones de estas miradas críticas, ya que desplazan el análisis desde la herramienta hacia las formas de conocimiento que su uso puede consolidar. Esta perspectiva resulta especialmente relevante porque permite comprender que el impacto educativo de la tecnología no depende únicamente de sus características, sino del tipo de procesos cognitivos que promueve en los sujetos educativos. Así, más que centrarse en si una herramienta es adecuada o no, estas corrientes ponen el foco en si su uso favorece la reflexión, la autonomía y la elaboración personal, o si, por el contrario, refuerza dinámicas de inmediatez y dependencia. De este modo, contribuyen a situar el debate en un plano pedagógico más profundo, orientado a analizar cómo se construye el conocimiento en contextos mediados por la tecnología.
En este punto, el artículo de Lozada et al. (2023) centrado en los riesgos de depender en exceso de la inteligencia artificial en el aula, resulta también significativo, aunque desde un registro diferente. Su planteamiento refuerza una idea que coincide con las aportaciones académicas anteriores: el problema no es la mera presencia de la inteligencia artificial, sino la dependencia excesiva de ella. Este matiz resulta relevante porque evita posturas extremas. No se trata de sostener que toda tecnología es perjudicial, sino de advertir que su uso desmedido puede desplazar procesos esenciales en la formación de los sujetos educativos. En otras palabras, la crítica no se dirige tanto a la herramienta en sí misma como al lugar que ocupa dentro del aprendizaje.
A partir de aquí, estas corrientes críticas aportan una pregunta pedagógica de gran calado: qué sucede cuando la tecnología comienza a ocupar el espacio que debería corresponder al razonamiento, a la argumentación o a la elaboración personal. Esta cuestión conecta directamente con lo trabajado en el apartado sobre estrategias didácticas. Allí se defendía que el pensamiento crítico se desarrolla cuando los sujetos en formación comparan fuentes, analizan mensajes, debaten, justifican sus ideas y se enfrentan a situaciones abiertas donde no existe una única respuesta válida (Blanco-López et al., 2017; Betancourth Zambrano et al., 2020; Bermeo Berrú et al., 2026). Si la inteligencia artificial reemplaza estos procesos en lugar de acompañarlos, deja de ser una herramienta de apoyo para convertirse en un obstáculo pedagógico. Aquí es donde estas corrientes alcanzan su mayor fuerza argumentativa: recuerdan que la educación no puede sacrificar procesos fundamentales por comodidad, rapidez o aparente eficiencia.
También resulta relevante destacar que estas posiciones críticas permiten problematizar el concepto mismo de autonomía. En el apartado 3.4. Dimensión ética y responsabilidad en el uso de la tecnología, se ha destacado que la aplicación educativa de la inteligencia artificial debe contemplar, entre otros aspectos, la autonomía del alumnado, así como el riesgo de generar sesgos o fomentar situaciones de dependencia (Parraguez-Nuñez, 2024; Naranjo et al., 2023). Estas corrientes llevan esta preocupación un paso más allá y plantean que una educación excesivamente apoyada en respuestas automatizadas puede debilitar la capacidad del de los protagonistas del aprendizaje para construir criterio propio. Este constituye uno de los argumentos más sólidos de estas perspectivas, ya que conecta directamente con la finalidad última de la educación: formar personas capaces de comprender la realidad, tomar decisiones fundamentadas y actuar con responsabilidad.
Por otro lado, estas corrientes también contribuyen a cuestionar una tendencia frecuente en los discursos sobre tecnología educativa: la identificación de los individuos en proceso de aprendizaje como «nativo digital» y la consecuente asunción de que está preparado para utilizar cualquier herramienta de manera adecuada. Sin embargo, como ya se ha señalado en el apartado ético, saber usar una tecnología no equivale a comprender sus implicaciones (Duque-Rodríguez et al., 2025). Desde esta perspectiva crítica, el problema no reside en el uso de tecnologías, sino en su utilización sin orientación, sin criterios y sin conciencia de sus efectos sobre el aprendizaje, ya que esto puede favorecer un uso superficial centrado en la ejecución de tareas más que en la comprensión de los procesos, dificultando el desarrollo de habilidades como el análisis, la reflexión o la toma de decisiones fundamentadas (Cañas Encinas et al., 2022; Naranjo et al., 2023). Esto refuerza una idea transversal en el trabajo: el pensamiento crítico no aparece por exposición, sino por una intervención educativa intencionada (Choque Ito, 2020; Angarita Valencia, 2021).
En este sentido, las corrientes críticas también revalorizan el papel del profesorado. Si existe el riesgo de que la tecnología sustituya procesos cognitivos fundamentales, entonces la función docente como mediadora vuelve a adquirir una centralidad indiscutible. El profesorado necesita formación no solo para utilizar herramientas, sino para decidir cuándo conviene emplearlas, con qué objetivos y bajo qué límites (Martínez Bejarano, 2025; Rondon Morel et al., 2024). Esta idea se alinea con las advertencias planteadas por Lozada et al. (2023) y Marín (2024), quienes señalan que la presencia de riesgos asociados a la dependencia tecnológica y al posible empobrecimiento del pensamiento refuerza la necesidad de que el profesorado asuma un papel activo como orientador crítico en el proceso de aprendizaje. Este papel se concreta en la selección intencionada de las herramientas, en el diseño de actividades que exijan análisis, argumentación y reflexión, y en la guía de los estudiantes para cuestionar los resultados que ofrece la tecnología en lugar de aceptarlos de forma automática. Asimismo, implica promover el contraste de fuentes, hacer explícitos los procesos de elaboración del conocimiento y generar espacios de diálogo donde se problematice el uso de estas herramientas. De este modo, el profesorado no solo introduce la tecnología en el aula, sino que regula su uso para garantizar que contribuya al desarrollo de un pensamiento autónomo y fundamentado, evitando que sustituya los procesos cognitivos que pretende fortalecer (Cañas Encinas et al., 2022; Naranjo et al., 2023).
Aun así, estas corrientes no deberían interpretarse como una defensa de una escuela ajena a la realidad tecnológica. Su valor no reside en proponer una vuelta atrás, sino en introducir una advertencia necesaria frente a determinados entusiasmos acríticos. Tal y como sugiere Martínez Bejarano (2025), la postura más razonable no parece situarse ni en la aceptación ingenua ni en el rechazo absoluto de la inteligencia artificial, sino en una posición reflexiva capaz de valorar tanto sus posibilidades como sus límites. En este sentido, estas corrientes cumplen una función relevante dentro del debate educativo: obligan a no perder de vista aquello que la tecnología no puede sustituir, como la deliberación, la duda, la interpretación personal o la construcción progresiva del criterio.
Esta constituye probablemente la principal aportación de estas miradas: recordar que la educación no puede quedar reducida a la optimización de tareas ni a la rapidez en la obtención de respuestas. Educar implica formar maneras de pensar, de cuestionar y de relacionarse con el conocimiento, lo que requiere tiempo, conflicto cognitivo, diálogo, contraste y elaboración propia. Si las tecnologías ocupan un espacio excesivo dentro de ese proceso, corren el riesgo de debilitar precisamente aquello que la escuela debería proteger con mayor énfasis: la capacidad de pensar de manera autónoma. En consecuencia, las advertencias de Marín (2024) y Lozada et al. (2023) no deben entenderse como una limitación al desarrollo de la innovación educativa, sino como una orientación crítica que ayuda a evitar un uso acrítico de la tecnología. Esta interpretación resulta especialmente relevante porque muestra que la incorporación de herramientas digitales no garantiza por sí misma una mejora del aprendizaje y que, cuando no existe una reflexión pedagógica que guíe su uso, puede priorizarse la rapidez o la eficiencia por encima de procesos fundamentales como la comprensión, la argumentación o la elaboración personal. De este modo, estas advertencias contribuyen a preservar el sentido educativo de la innovación, asegurando que esta se mantenga al servicio del desarrollo del pensamiento crítico y no lo sustituya.
En síntesis, las corrientes críticas que sitúan en segundo plano el protagonismo de la tecnología aportan una reflexión esencial dentro del debate educativo contemporáneo. Su contribución no radica en rechazar la inteligencia artificial u otros recursos digitales, sino en advertir que su incorporación no debe desplazar procesos cognitivos, éticos y pedagógicos fundamentales. Desde esta perspectiva, la tecnología solo adquiere sentido educativo cuando se encuentra subordinada al desarrollo del pensamiento autónomo, crítico y reflexivo de los individuos en proceso de aprendizaje, ya que el aprendizaje no depende únicamente del acceso a herramientas o información, sino de la capacidad de analizarlas, interpretarlas y utilizarlas con criterio (Angarita Valencia, 2021; Tapia y Castañeda, 2021). En esta línea, diversos autores han señalado que el desarrollo del pensamiento crítico requiere una mediación pedagógica intencionada y no se produce de manera automática por la simple exposición a recursos digitales (Choque Ito, 2020; Cañas Encinas et al., 2022). De este modo, cuando la tecnología se utiliza sin una orientación clara, puede favorecer aprendizajes superficiales en lugar de procesos de comprensión profunda. Así, el valor educativo de la tecnología no reside en su presencia, sino en el tipo de pensamiento que contribuye a desarrollar.
Este escenario obliga a replantear el papel de la tecnología en la educación, evitando tanto su aceptación acrítica como su rechazo absoluto, y apostando por una integración consciente que priorice el desarrollo del pensamiento frente a la mera eficiencia.
En coherencia con lo anterior, este apartado conecta directamente con el siguiente, en el que resulta necesario analizar las corrientes tecnopedagógicas que ponen el acento en las posibilidades de innovación, eficiencia y personalización que ofrecen las tecnologías en educación.
Frente a las corrientes críticas que advierten sobre los riesgos de una excesiva centralidad de la tecnología en la educación, emergen enfoques tecnopedagógicos que defienden su integración como una vía para mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje. Estas corrientes no conciben la tecnología como un elemento accesorio, sino como un recurso con potencial para transformar la práctica educativa, especialmente en términos de innovación, eficiencia y personalización del aprendizaje. Sin embargo, este planteamiento no implica una aceptación acrítica de las herramientas digitales, sino que exige analizar las condiciones bajo las cuales su incorporación resulta pedagógicamente significativa.
En primer lugar, desde una perspectiva conceptual, la tecnopedagogía se entiende como la integración intencional entre pedagogía y tecnología con el objetivo de mejorar el aprendizaje mediante métodos reflexivos y eficaces (Sánchez y López, 2022). Esta definición permite establecer una distinción clave: no se trata únicamente de utilizar herramientas digitales en el aula, sino de diseñar experiencias educativas en las que dichas herramientas contribuyan de manera coherente al desarrollo de competencias. En este sentido, la tecnología adquiere valor educativo cuando se articula con enfoques activos, colaborativos y centrados en ellos educandos, lo que justifica su vinculación con procesos de construcción del conocimiento más complejos y significativos.
A partir de esta base, una de las principales aportaciones de las corrientes tecnopedagógicas reside en su capacidad para impulsar la innovación educativa. La incorporación de tecnologías digitales permite diversificar las metodologías y generar entornos de aprendizaje más dinámicos, en los que los sujetos educativos pueden interactuar con la información, experimentar y construir conocimiento de manera más activa. Tal y como señalan Sánchez y López (2022), los modelos tecnopedagógicos actuales incluyen propuestas basadas en el aprendizaje colaborativo, los entornos virtuales y las simulaciones, lo que amplía las posibilidades de intervención didáctica. Esta variedad metodológica adquiere especial importancia en un contexto educativo que exige ir más allá de modelos centrados en la mera transmisión de contenidos, ya que contribuye al desarrollo de competencias como la autonomía, la indagación y la resolución de problemas.
No obstante, la innovación asociada al uso de tecnologías no puede entenderse como un valor en sí mismo. Diversas investigaciones ponen de manifiesto que la incorporación de herramientas digitales no garantiza automáticamente una mejora en los aprendizajes, sino que su impacto depende del enfoque pedagógico que las sustenta. En este sentido, el diseño tecnopedagógico adquiere una relevancia central, ya que permite orientar el uso de las TIC hacia objetivos educativos concretos. Gómez (s.f.) subraya que la mera disponibilidad de recursos tecnológicos resulta insuficiente si no se acompaña de una planificación pedagógica adecuada, lo que implica considerar aspectos como la selección de contenidos, la organización de actividades y el papel del docente como mediador del aprendizaje. Esta idea refuerza la necesidad de entender la tecnología como un medio subordinado a la intencionalidad educativa, evitando así su uso superficial o descontextualizado.
En relación con lo anterior, otro de los ejes fundamentales de estas corrientes es la eficiencia en los procesos de enseñanza-aprendizaje. La tecnología permite optimizar el acceso a la información, facilitar la gestión de tareas y ofrecer recursos adaptados a distintos ritmos de aprendizaje, lo que contribuye a mejorar la organización y el desarrollo de las actividades educativas. Sin embargo, esta eficiencia no debe interpretarse únicamente en términos de rapidez o simplificación de procesos. Tal y como se desprende de las investigaciones analizadas, su valor pedagógico reside en la capacidad para generar condiciones que favorezcan un aprendizaje más profundo y significativo. En este sentido, la eficiencia tecnológica adquiere sentido cuando permite liberar tiempo para la reflexión, el análisis y la interacción, aspectos fundamentales para el desarrollo del pensamiento crítico.
Por otro lado, la personalización del aprendizaje se consolida como uno de los aspectos más relevantes dentro de las corrientes tecno-pedagógicas. La posibilidad de ajustar los recursos y las propuestas didácticas a las características, intereses y ritmos del alumnado constituye una de las principales aportaciones de la incorporación de las TIC en el aula. Según Sánchez y López (2022), la tecnopedagogía facilita la provisión de apoyos individualizados a través de herramientas digitales, lo que contribuye a una mejor atención a la diversidad y al diseño de itinerarios formativos más flexibles. Esta capacidad de ajuste adquiere especial importancia en entornos educativos diversos, donde los enfoques homogéneos pueden reducir las oportunidades de aprendizaje para una parte del alumnado.
Sin embargo, esta potencialidad debe analizarse desde una perspectiva crítica. La personalización no depende exclusivamente de la tecnología, sino del uso pedagógico que se haga de ella. En este sentido, la investigación de Dios (2024) muestra que, aunque las experiencias tecno-pedagógicas pueden enriquecer el aprendizaje, su efectividad está condicionada por factores como la formación docente y la disponibilidad de recursos. Este hallazgo resulta especialmente significativo, ya que evidencia que la tecnología, por sí sola, no garantiza una atención adecuada a la diversidad. Por el contrario, su uso requiere una mediación pedagógica que permita integrar las herramientas digitales en propuestas didácticas coherentes y contextualizadas.
Además, el análisis de estas experiencias introduce un matiz relevante en el debate tecnopedagógico: la necesidad de equilibrio entre innovación tecnológica y metodologías tradicionales. La comparación con enfoques como la pedagogía Waldorf, que limita el uso de la tecnología en favor de experiencias más creativas y sensoriales, sugiere que ambos planteamientos no son necesariamente excluyentes (Dios, 2024). Esta idea permite superar una visión dicotómica del debate educativo, en la que la tecnología se presenta como una solución universal, y plantea la conveniencia de combinar distintos enfoques en función de los objetivos educativos. De este modo, la innovación no se vincula exclusivamente a la incorporación de herramientas digitales, sino a la capacidad de diseñar experiencias de aprendizaje equilibradas y significativas.
En esta línea, el concepto de apropiación tecno-pedagógica introduce una perspectiva especialmente relevante para comprender cómo se integran las tecnologías en la práctica docente. Desde esta perspectiva, la competencia digital trasciende el mero manejo técnico de herramientas, ya que implica un proceso en el que el profesorado integra la tecnología de forma significativa dentro de su práctica educativa. Tal y como plantea el modelo de apropiación tecno-pedagógica (ATP), este proceso es multidimensional y está influido por factores como las creencias docentes, el contexto institucional y la experiencia profesional, lo que explica la distancia existente entre la competencia digital deseada y la realmente desarrollada en el aula. Esta idea resulta fundamental, ya que pone de manifiesto que la integración de la tecnología no depende únicamente de su disponibilidad, sino de cómo es interpretada y utilizada por el profesorado.
De forma complementaria, el modelo 4A permite comprender la apropiación tecnológica como un proceso evolutivo, en el que el profesorado transita por distintas fases hasta alcanzar una integración plena de las TIC en su práctica. Este enfoque refuerza la idea de que la competencia digital docente no constituye una realidad fija, sino un proceso de desarrollo continuo que exige formación, reflexión y práctica. En consecuencia, la innovación tecnopedagógica no puede imponerse de manera inmediata, sino que debe entenderse como un proceso gradual que exige acompañamiento y desarrollo profesional continuo.
En síntesis, las corrientes tecno-pedagógicas ofrecen una perspectiva que pone en valor la capacidad de la tecnología para impulsar cambios en la educación, especialmente en aspectos como la innovación, la optimización de procesos y la personalización del aprendizaje. Sin embargo, el análisis realizado pone de manifiesto que este potencial solo se hace efectivo cuando la tecnología se incorpora desde un enfoque pedagógico sólido y coherente. La mejora de los procesos de enseñanza y aprendizaje no depende únicamente de la inclusión de recursos digitales, sino del diseño de propuestas educativas bien articuladas, de la mediación del profesorado y de la capacidad para combinar de forma equilibrada diferentes enfoques metodológicos. De este modo, la tecnopedagogía no puede entenderse como una solución automática, sino como un campo de reflexión que exige analizar críticamente las condiciones en las que la tecnología contribuye realmente al aprendizaje.
La presente investigación se fundamenta en una metodología cualitativa de carácter teórico reflexivo, basada en una revisión bibliográfica narrativa con enfoque de estado de la cuestión y complementada con una reflexión sistematizada sobre la experiencia en el aula. Para ello, se consultaron bases de datos académicas y repositorios científicos como Google Académico, Dialnet, DSpace Principal y las Bibliotecas de la Universidad de Salamanca, seleccionados por su accesibilidad y por la presencia de publicaciones vinculadas al ámbito educativo. Esta elección metodológica responde al carácter exploratorio de los objetivos planteados, ya que permite analizar cómo se ha abordado el pensamiento crítico en la literatura educativa y relacionar dichas aportaciones con situaciones observadas en la práctica escolar. No obstante, al tratarse de una revisión narrativa, debe reconocerse la existencia de posibles sesgos metodológicos, como la selección limitada de bases de datos, la prioridad otorgada a publicaciones recientes y accesibles, o la mayor presencia de estudios en lengua española, lo que puede condicionar el alcance de los resultados obtenidos.
El proceso de investigación se desarrolló en varias fases. En primer lugar, se delimitó el objeto de estudio a partir de varias categorías de análisis: el pensamiento crítico como competencia educativa, la influencia de la sobreinformación y las tecnologías digitales en el aprendizaje, la dimensión ética del uso de la tecnología y el papel del profesorado en este contexto. Esta delimitación permitió orientar la búsqueda documental y organizar el análisis posterior de forma coherente con los objetivos del trabajo. En total, se revisaron aproximadamente una veintena de fuentes académicas, entre artículos científicos, revisiones teóricas, estudios empíricos y documentos normativos, de las cuales se seleccionaron aquellas que presentaban una relación más directa con el objeto de estudio.
Posteriormente, se llevó a cabo una búsqueda planificada de información en las bases de datos y repositorios mencionados. Dicha búsqueda se realizó mediante la combinación de palabras clave tanto en español como en inglés, tales como pensamiento crítico, educación, sobreinformación, competencia digital, inteligencia artificial en educación, critical thinking y digital literacy.
El uso combinado de estos descriptores permitió ampliar el alcance de los resultados y localizar investigaciones relevantes en distintos contextos. Tras una primera localización de documentos, se aplicó un procedimiento sistemático de selección basado en la revisión de títulos, resúmenes y palabras clave, descartando aquellas publicaciones que no se ajustaban al enfoque del trabajo o que presentaban una relación débil con los objetivos planteados.
Para garantizar la pertinencia de las fuentes seleccionadas, se establecieron varios criterios de inclusión y exclusión. Se priorizaron artículos científicos, revisiones teóricas y estudios empíricos centrados en el pensamiento crítico, la tecnología educativa, la inteligencia artificial, la competencia digital y la formación docente. También se tuvo en cuenta la actualidad de las publicaciones, seleccionando mayoritariamente trabajos recientes, aunque se incorporaron algunas aportaciones anteriores cuando resultaban relevantes para comprender la evolución del concepto o su aplicación educativa. Por el contrario, se excluyeron documentos de carácter divulgativo, textos sin relación directa con el ámbito educativo o publicaciones que no aportaban elementos significativos para el análisis del pensamiento crítico en el contexto escolar.
Una vez seleccionadas las fuentes, se procedió a su lectura y análisis cualitativo. Este análisis se realizó mediante la identificación de ideas principales, la comparación de aportaciones entre autores y la organización de la información en categorías temáticas. Dichas categorías fueron: concepto y evolución del pensamiento crítico, relevancia del pensamiento crítico en el ámbito educativo, estrategias didácticas para su desarrollo, dimensión ética del uso de la tecnología, formación docente y perspectivas críticas sobre la integración tecnológica. Este procedimiento permitió estructurar el marco teórico y avanzar más allá de una presentación acumulativa de autores, favoreciendo el establecimiento de relaciones, coincidencias y tensiones entre las distintas aportaciones revisadas.
Ahora bien, el análisis desarrollado también permitió reconocer una limitación importante: aunque existe una abundante producción académica sobre la importancia del pensamiento crítico, la ética digital y la formación docente, no siempre se profundiza con la misma intensidad en las contradicciones que surgen entre estos discursos y su aplicación real en el aula. Por ello, el trabajo no se limita a describir las aportaciones revisadas, sino que trata de problematizar algunos conceptos clave, especialmente la relación entre tecnología y aprendizaje, la posible dependencia de la inteligencia artificial, la brecha entre teoría y práctica educativa y el papel mediador del profesorado. Esta aproximación busca confrontar distintas perspectivas y evitar una lectura excesivamente lineal o acrítica de la literatura consultada.
De manera complementaria, se incorporó una reflexión sistematizada sobre la experiencia en el aula. Esta reflexión se articuló a partir de la observación de situaciones educativas vinculadas al uso de la tecnología y al desarrollo del pensamiento crítico, tales como la búsqueda y selección de información, la interpretación de contenidos digitales o la necesidad de orientación docente en estos procesos. Estas observaciones no se plantean como un estudio empírico independiente, sino como un recurso que permite contrastar los planteamientos teóricos con la práctica educativa y valorar su aplicabilidad en contextos reales.
Así, la metodología adoptada permite combinar el análisis de fuentes académicas con una aproximación reflexiva a la práctica educativa, ofreciendo una visión más completa del tema y facilitando la comprensión de cómo se concreta el desarrollo del pensamiento crítico en el contexto escolar actual.
La revisión teórica aquí presentada ha permitido profundizar en la importancia del pensamiento crítico en la educación actual, especialmente en un momento en el que el alumnado está rodeado de información constante, recursos digitales e inteligencias artificiales capaces de ofrecer respuestas inmediatas. A lo largo del trabajo se ha observado que enseñar a pensar no puede considerarse una cuestión secundaria dentro de la escuela, sino una necesidad cada vez más evidente. En Educación Primaria, esta competencia adquiere especial relevancia, ya que se trata de una etapa en la que los niños comienzan a construir su forma de comprender la realidad, interpretar la información que reciben y posicionarse ante ella.
Un aspecto especialmente relevante del análisis es que tener acceso a mucha información no significa necesariamente comprenderla mejor. Las tecnologías digitales y la inteligencia artificial pueden ofrecer oportunidades valiosas para el aprendizaje; no obstante, también plantean riesgos cuando se utilizan sin una orientación adecuada. En estos casos, el alumnado puede acostumbrarse a recibir respuestas rápidas sin analizarlas, confiar en exceso en determinadas herramientas o no detenerse a valorar si una información es fiable, útil o está condicionada por algún sesgo. De ahí la importancia de desarrollar el pensamiento crítico, para que los estudiantes no se limiten a consumir información, sino que aprendan a interpretarla y cuestionarla.
Junto a ello, el trabajo ha permitido destacar la importancia del papel del profesorado en este proceso. La tecnología, por sí sola, no transforma la educación ni garantiza mejores aprendizajes. Su valor depende, en gran medida, del uso pedagógico que se haga de ella y de la capacidad del docente para acompañar al alumnado en la reflexión. Desde esta mirada, el profesorado no actúa únicamente como transmisor de contenidos, sino como una figura que guía, orienta, plantea preguntas y ayuda a construir criterio. Por esta razón, la formación docente resulta fundamental, no solo para aprender a manejar herramientas digitales, sino para comprender sus posibilidades, sus límites y sus implicaciones educativas y éticas.
A su vez, el análisis realizado ha permitido observar que el pensamiento crítico necesita trabajarse mediante prácticas concretas y continuadas. Estrategias como el debate, el aprendizaje basado en problemas, la comparación de fuentes, el análisis de noticias o la reflexión sobre contenidos digitales pueden contribuir a su desarrollo, siempre que estén bien orientadas y no se planteen como actividades aisladas. Lo verdaderamente importante no es introducir metodologías novedosas por el simple hecho de innovar, sino generar situaciones en las que el alumnado tenga que pensar, justificar sus ideas, escuchar otras perspectivas y construir sus propias conclusiones.
No obstante, el trabajo presenta algunas limitaciones que conviene señalar. Al tratarse de una revisión teórica, el análisis se basa fundamentalmente en aportaciones de la literatura científica, lo que limita la posibilidad de contrastar los resultados mediante datos obtenidos directamente en el aula. Asimismo, aunque se ha incorporado una reflexión sistematizada a partir de la experiencia educativa, esta no constituye un estudio de campo sistemático, por lo que sus conclusiones deben interpretarse con cautela.
A partir de estas limitaciones, se abren diversas líneas de trabajo futuro. Sería relevante desarrollar estudios de campo que permitan analizar cómo se trabaja el pensamiento crítico en contextos educativos reales, así como evaluar el impacto de distintas estrategias didácticas en su desarrollo. Del mismo modo, resultaría de interés profundizar en el papel de la inteligencia artificial en el aprendizaje, especialmente en relación con sus implicaciones cognitivas y éticas.
En cuanto a las implicaciones educativas, el análisis desarrollado permite subrayar la necesidad de replantear la forma en la que se entiende el proceso de enseñanza-aprendizaje. Fomentar el pensamiento crítico debe entenderse como un eje central que atraviesa todas las áreas del currículo. Esto implica no solo modificar las metodologías, sino también reforzar la formación del profesorado y promover un uso consciente y reflexivo de la tecnología en el aula.
En definitiva, aprender a pensar en tiempos de sobreinformación no consiste únicamente en acceder a más información, sino en desarrollar la capacidad de analizarla, cuestionarla y utilizarla de manera responsable. Desde esta perspectiva, la escuela tiene un papel fundamental en la formación de ciudadanos críticos, capaces de enfrentarse de manera consciente a los retos de una sociedad cada vez más digitalizada
Sánchez, E. R. V., y López, J. B. (Eds.). (2022). Nuevos modelos tecnoeducativos. 🔍
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Aprender a pensar en tiempos de sobreinformación: una reflexión desde la escuela
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Journal: Técnica Administrativa
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