Ciencia y Técnica Admistrativa

Research article

El pensamiento crítico en la formación de los psicólogos

Critical thinking in the training of psychologists

García Moro, Francisco José

Universidad de Huelva – ESPAÑA-

Gómez Baya, Diego

Universidad de Huelva – ESPAÑA-

Nicoletti, Javier Augusto

Universidad Nacional de La Matanza – ARGENTINA-

Resumen

En el presente artículo se reflexiona sobre el pensamiento crítico como competencia destinada a colaborar en la transformar de realidades personales y coyunturales. A partir de un análisis de lo desarrollado desde el campo teórico, se observa un acuerdo en la importancia de la formación en el pensamiento crítico a los futuros psicólogos desde un marco de acompañamiento que favorezca y, especialmente promueva, la consolidación de estrategias, técnicas y modalidades de formación que promuevan en los estudiantes el interés por el debate, la cooperación y la crítica orientada a la mejora.

Abstract

This article reflects on critical thinking as a competence aimed at collaborating in the transformation of personal and situational realities. From an analysis of what has been developed from the theoretical field, we observe an agreement on the importance of training future psychologists in critical thinking from a framework of accompaniment that favors and, especially, promotes the consolidation of strategies, techniques and training modalities that promote in students the interest in debate, cooperation and criticism oriented to improvement.

Palabras Clave:

Pensamiento crítico, cambio social, psicología

Keyword:

Critical thinking, social change , psychology

Presentación

Las permanentes y diferentes transformaciones de la sociedad global que se han experimentado de los últimos años hasta hoy, han puesto de relieve el valor de una formación superior que promueva el razonamiento flexible, coherente, crítico y abierto; en especial para enfrentar los cambios que defienden la posibilidad de continuar con el proceso de mejora para cada una de las personas y de las comunidades; abogando con ello, los principios fundamentales de la diversidad como realidad que enriquece; y del discernimiento, entendido como una acción valiosa al momento de contrarrestar las informaciones que pudieran confundir lo que es relevante de lo que es meramente accesorio.

Por ello, el proceso de focalización y concientización de la persona resulta esencial en el proceso formativo y deontológico profesional de los futuros titulados del grado de psicología, junto con ofrecer, legítimamente, respuestas técnicas, metodológicas y especializadas a demandas individuales o nucleares, asumiendo una dimensión proactiva en la comunidad.

Sociedad actual y formación en educación superior

Bajo el escenario presentado, diversidad de estudios han puesto de relieve el rol del pensamiento crítico en la formación y la importancia de insistir en su consolidación como respuesta a la búsqueda de soluciones y transformaciones (García, 2019), para la realidad que nos atraviesa

La realidad educativa requiere de un aprendizaje personalizado y centrado en los estudiantes, lo que conlleva a tender procesos y puentes educativos destinados a reconocer tanto sus necesidades, como sus distintas capacidades, y las diferentes percepciones que puedan tener, de allí la importancia de fomentar el pensamiento crítico sobre la propia finalidad del proceso educativo (OIE-UNESCO, 2017; TakingITGlobal. 2021). Organismos internacionales, como la UNESCO, en sus diferentes informes y manifestaciones sobre la educación, indican que la organización de aprendizajes en la educación debe de incluir el aprendizaje basado en la reflexión, aplicando la crítica a las propias actividades con el objeto de valorar si las decisiones o las acciones son adecuadas, así como los supuestos en los que se basan. De hecho, en el informe final sobre Educación Superior (UNESCO, 1998), se señalaba que existe un objetivo generalizado de dirigir la formación al desarrollo de competencias, el análisis crítico y la adquisición de competencia crítica.

Años después, la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior del año 2009 (UNESCO, 2010, pto.3), pondrá de manifiesto la responsabilidad social de la educación superior, con el señalamiento que en el desempeño de las funciones de los centros de educación superior promover el pensamiento crítico es un aspecto sustancial para lograr metas fundamentales como el propio desarrollo sostenible y la igualdad.

El estudio de García Moro (2015), define el reto de una formación capaz de potenciar la adquisición de competencias que permitan el desarrollo de un pensamiento crítico e innovador con capacidad de brindar respuesta a una realidad tan cambiante como la de nuestro mundo actual, y en este plano se observa la importancia por:

  • favorecer el desarrollo profesional saludable como persona ante todo que, además, es profesional;
  • destacar en cualquier intervención profesional, el respeto de los derechos de las personas y su individualidad;
  • favorecer un desenvolvimiento adecuado y óptimo respetando el contexto de intervención;
  • comprender que el otro es algo más que un usuario objeto de intervención;
  • aceptar que el “nosotros” tiene mayor peso que el “uno”, aunque depende del nosotros que sea y del uno del que hablemos;
  • favorecer el diálogo como estrategia de comunicación;
  • asumir la importante función de gestores e intermediadores;
  • Comprender que somos protagonistas secundarios y efímeros de historias de vida, menos de la nuestra.

A su vez, la propia realidad es la que promueve, a partir de replanteos educativos complejos, la incorporación, entre otros, de aspectos vinculados al diseño de propuestas formativas que favorezcan un estudio y un debate interno respecto de los propios diseños que determinan dichas propuestas y sus metodologías de trabajo, reconceptualizando ideas y perspectivas que delimitan su orientación (Nicoletti, García, Perissé y Barletta (2021:68; Nicoletti, García, y Perissé, 2022).

En este escenario, la formación necesita incorporar la noción de pensamiento crítico como elemento clave en su búsqueda de calidad permanente. Betancourth Zambrano (2020), defiende que el pensamiento crítico debe de ser una exigencia social que ayude a la persona a discernir correctamente ante el bombardeo constante de información y procesos sociales complejos de nuestra sociedad actual. Este bombardeo de información y el fácil acceso a la misma, muchas veces sin un criterio fundamentado de análisis y discriminación, requiere de un replanteamiento profundo de los modos y objetivos de la educación en todos los niveles. De allí, que educar en la competencia crítica es un campo complejo, dado que la información se ha convertido en un bien de consumo que en ocasiones produce una indefensión que perjudican la capacidad discriminatoria de la persona (Olivares Olivares y López Cabrera, 2017; Velasco, 2019).

En un marco donde el volumen de información de nuestra sociedad del conocimiento tiene tintes de infobesidad (Wolton, 2013), donde lo virtual se confunde con una realidad tangible hasta el extremo de influir decisivamente en el hacer, en el sentir, en el pensar, en la imaginación y en el decidir de las personas, la formación en la educación superior, en general, y en el grado de psicología, en particular, debe plantear, como objetivo prioritarios y realista, potenciar el desarrollo de la competencia crítica en el alumnado.

En este sentido, se destaca el valor por preguntar y dialogar compartiendo experiencias durante el proceso formativo, puesto que “buena pregunta puede estimular genuinamente el pensamiento crítico y creativo” (OIE-UNESCO, 2017:26). En esta línea se destaca la importancia de escuchar, puesto que “(…) es fundamental en el esfuerzo por fomentar el desarrollo de entornos de aprendizaje que promuevan a los estudiantes como pensadores críticos, con mentalidad global, competentes en todo el mundo y ciudadanos activos” (TakingITGlobal, 2021).

Los estudios de Olivares Olivares y López Cabrera (2017), Paul y Elder (2003), Wolton (2013), entre otros, indican que el acelerado ritmo de creación de conocimientos en nuestra sociedad actual, exige de nuestros estudiantes que adquieran aquellas competencias necesarias para establecer juicios autorregulados y fundamentados, siendo una de estas competencias el pensamiento crítico. El conocimiento, aun siendo importante, no es suficiente; incluso no basta con comprender el problema (González, 2012; 2013; Ruiz Ortega, Márquez Bargalló y Tamayo Alzate, 2014), se tratará de una comprensión para poder hacer.

Hoy más que nunca las personas necesitan ser competentes a la hora de valorar lo que se le informa. De hecho, Moreno Pinado y Velázquez Tejera (2017), explican que:

“Los cambios sociales y culturales de la actualidad requieren de ciudadanos formados con una mentalidad crítica, abierta y flexible ante los cambios.  Enfrentar esos retos requiere de sistemas educativos que destaquen por su aplicación de métodos de enseñanza que conduzca a potenciar las habilidades de pensamiento crítico y la formación integral de los estudiantes” (p. 54).

En el ámbito universitario, se presenta un ambiente que puede ser idóneo para propiciar el desarrollo de un pensamiento crítico; pudiendo ser el papel del docente el de un gran propiciador y facilitador de dicha competencia fundamental (Bezanilla, Poblete, Fernández, Arranz y Campo, 2018); puesto que es a partir del actuar del docente, en su contexto y cotidianidad del aula, como se puede incidir en el desarrollo del pensamiento crítico en el alumnado (Tamayo, Zona y Loaiza, 2015).

Según Febres, Pérez y Africano (2017), no solo basta con que la intención crítica forme parte de las programaciones de las diferentes titulaciones - de una forma más o menos explícita-, sino que necesita desarrollarse en el quehacer educativo de las distintas clases (Bezanilla, Poblete Ruiz, Fernández Nogueira, Arranz y Campo Carrasco, 2018).

De esta forma, se buscará favorecer el desarrollo de dicha competencia en el alumnado en función de las exigencias sociales y no solamente como una acción formativa excepcional y aislada. En ocasiones, el pensamiento crítico se presenta como una necesidad realmente sentida y expresada en el discurso, sin embargo, puede terminar siendo objeto de contradicciones a la hora de su desarrollo práctico. Autores como Pithers y Soden (2000), ya indicaban que no suele haber una correspondencia clara entre lo que se considera necesario y lo que concretamente se desarrolla en la enseñanza.

Dentro de las perspectivas educativas, la educación superior, como el grado de psicología, es un factor estratégico al momento de pensar y analizar procesos asociados a ofrecer respuestas a las necesidades colectivas, mediante el diálogo crítico, constructivo, así como al progreso de la sociedad en un marco de multicultural e inclusión (Nicoletti; 2014).

Por ello, la institución universitaria, y dentro de ella, la formación en psicología, necesita ir asumiendo en su procesos formativos que el trasvase de información ya no es lo prioritario, también se requiere de un aprendizaje que permita buscar, organizar, seleccionar, interpretar, dar sentido y comunicar la información que se recibe (Tueros, 2010), buscando la emancipación de la persona a través de la competencia crítica (Vélez Gutiérrez, 2013), y teniendo como objetivo educar para la competencia técnica a la luz del bien último de la persona en sociedad.

La realidad poliédrica es necesaria entenderla desde la interpelación de la persona en sociedad, siendo necesario, hoy más que nunca, la formación de personas -profesionales que tengan la competencia crítica necesaria para vislumbrar, educar, acompañar e intervenir desde principios universales que potencien el bienestar de la persona y de las comunidades en las que viven.

Acercamientos al concepto de pensamiento crítico

El pensamiento crítico es uno de los ejes del debate de la educación, y tal como apunta Valencia y Puente (2018), su desarrollo aparece como un importante objetivo en las reflexiones educativas de la actualidad y referidas a todas las etapas, dado que su idoneidad, conveniencia y oportunidad se consideran fundamentales. Autores como Franco, Almeida y Saiz (2014), lo consideran como un recurso cognitivo fundamental en la formación profesional, constituyéndose en una herramienta esencial a la hora de afrontar positivamente la gran información y situaciones multi complejas de la sociedad.

En la misma línea, Moreno Pinado y Velázquez Tejera (2017), indican que para hacer frente de una forma adecuada a los retos importantes que la sociedad actual pone e impone a la persona, resulta necesario potenciar el pensamiento crítico con el objetivo último de transformar la realidad.

La aproximación al pensamiento crítico se ha hecho y se hace desde diferentes disciplinas, buscando cada una de ellas su desarrollo y su aplicación (Altuve, 2010; Valencia y Puente, 2018; y Vélez Gutiérrez, 2013). De esta forma, desde diferentes disciplinas como la propia psicología, así también como la filosofía, las ciencias sociales, la educación, las didácticas de las ciencias, la sociología, las ciencias políticas, etc., se ha reflexionando sobre el pensamiento crítico buscando, cada una de ellas, su finalidad específica al tiempo que mantienen el debate respecto del consenso epistemológico y conceptual de lo que significa.

Así, aparecen reflexiones y configuraciones de dicha competencia focalizando su interés en las acciones sociales bajo el amparo, por ejemplo de la denominada teoría crítica, influidos por las ideas de la Escuela de Frankfurt, representados por Wilfred Carr, Basil Berstein, Stephen Kemmis, Michael Apple, Peter MaClaren, Henri Giroux; con un talante más contestatario de transformación social como la pedagogía crítica vivida por Paulo Freire; de los estudios de Frantz Fanon; e incluso de los trabajos de Matthew Lipman, Marcuse, Habermas, Dewey, entre tantos otros. Se busca el desarrollo de competencias que promuevan la participación social (Reeder y Vargas Gillén, 2009), para el cambio, o en el aprendizaje de habilidades de pensamiento y argumentación bajo el marco de las investigaciones psicológicas (Saiz y Rivas, 2016).

El pensamiento crítico se ha definido, por tanto, de multitud de significados (Moore, 2013); así, aparece como:

  • un juicio autorregulado para un propósito específico que depende de la propia persona (Facione, 1990);
  • una capacidad que se adquiere y que permite el razonamiento y que reflexiona sobre lo qué decidir y lo qué hacer (Ennis, 1987);
  • un pensar por uno mismo de una forma activa y reflexiva (Febres, Alirio y Africano, 2017);
  • una estrategia de pensamiento, investigación y proceso (Boisvert, 2004);
  • una forma de reflexión racional e intuitiva que nos permita comprender el mundo actual (Altuve, 2010);
  • un juicio basado en datos objetivos y subjetivos previamente interpretados y analizados (Olivares Olivares y López Cabrera, 2017);
  • un modo de aprender a formular y resolver preguntas y encontrar conclusiones acertadas a partir de la observación y la información (Paul y Elder, 2003);
  • un modo de pensar reflexivo e intencionado alternativo al habitual en el que se activan recursos cognitivos (Valenzuela, Nieto y Muñoz, 2014);
  • una barrera contra la excesiva información que trata de convencernos de cualquier cosa (Epstein, 2006);
  • un pensamiento que busca, de una forma persistente, la exploración de lo que aparece (Lipman, 1998).

Vendrell, Morancho y Rodríguez Mantilla (2020), proponen una definición multidisciplinaria del pensamiento crítico a la luz del análisis de las aportaciones de los teóricos más importantes sobre el tema:

"El pensamiento crítico es un proceso metacognitivo activo que a través de la      estimulación y coalición de ciertas habilidades, disposiciones y conocimientos,             nos ayuda a elaborar un juicio premeditado e introspectivo que nos dirige hacia la acción o resolución de problemas de manera eficaz y eficiente" (p.13).

Dentro de este recorrido, cobra valor el pensamiento crítico como medio para transformar realidades que van en contra del bien de la persona en sociedad. Este principio fundamental es el que asume el profesional de la piscología, más allá de la titulación o especialidad, como instrumento que propicia, en la cotidianidad, el cumplimiento de los derechos fundamentales de las personas, sobre todo, de aquellas en situación de mayor vulnerabilidad. 

Este principio supone competencias para interpelar críticamente lo que aparece ante la persona en sociedad y esta competencia no termina con el “darse cuenta de que algo no es cierto o bueno o adecuado”, sino que dándome o dándonos cuenta de ellos implementamos las estrategias necesarias para amortiguar los daños, potenciar lo positivo, utilizando los mecanismos sociales y personales necesarios (García Moro, 2015). 

En el campo de intervención profesional, si bien es importante conocer los entresijos, estructuras y componentes del pensamiento crítico, resulta más importante y fundamental, utilizarlo como un medio que puede vehicular las fuerzas necesarias para propiciar el cambio social a la luz de los principios fundamentales de una sociedad de derechos y deberes.

Si bien son necesarias habilidades cognitivas para darle un sustento de credibilidad a la acción social, el pensamiento crítico para el cambio social, va mucho más lejos del dominio de ciertas habilidades cognitivas, requiriendo de competencias sociales que posibiliten la solución de problemas en un contexto real y en un tiempo real (Halpern, 1998).

Existe consenso entre los teóricos del pensamiento crítico, como Ennis (1987), Facione (1990), Halpern (1998), Paul y Elder (2004), Saiz y Rivas (2016), entre otros, en que esta forma de enfocar el pensamiento está constituida por componentes fundamentales: las habilidades y las disposiciones (Betancourth Zambrano, 2020); más los conocimientos necesarios para saber de lo que se piensa, se habla y se hace (Mendoza Guerrero, 2015; Vendrell, Morancho y Rodríguez, 2020). A su vez, Valenzuela, Nieto y Muñoz (2014), proponen el componente motivacional como un constructo con un poder más predictor que el de las disposiciones.

Adentrarse en el conocimiento del pensamiento crítico, conlleva a encontrarse con una amplia heterogeneidad y diversidad debido a que no todos los que se acercan a su estudio parten de la misma visión, o bien porque priorizan algún aspecto en particular por encima de otros; al margen de ello, se observa un acuerdo general en dos componentes fundamentales: las habilidades necesarias para tener competencia crítica y las disposiciones necesarias para llevarlas a cabo.

Las habilidades hacen referencia al componente cognitivo del pensamiento crítico.  La argumentación, el análisis, la comprensión, la capacidad de hacer inferencias, la evaluación, la capacidad de tomar decisiones, son algunas de las que se han descrito; aunque el acuerdo entre los teóricos e investigadores aún está lejos de alcanzarse.

En cuanto a las disposiciones, éstas constituyen el componente afectivo, el modo de ser crítico, la tendencia para tener competencia crítica, y se concreta en la constancia intelectual, en la capacidad de empatizar, el mantenerse informado, la autonomía intelectual, entre otras. Igualmente, como ocurre con las habilidades, tampoco hay acuerdo entre los teóricos e investigadores acerca de cuáles son las disposiciones.

Pensamiento crítico y formación de los psicólogos

Las transformaciones que experimenta la sociedad no siempre es consecuencia de la clarividencia de pensamiento, puesto que planteamientos obtusos han logrado cambiar esquemas a lo largo de nuestra historia como homo-gregarius que somos. Sin embargo, la visión crítica y argumentativa sí puede ser una competencia adecuada para combatir las visiones inconsistentes. Lo ideal sería transformar el mundo partiendo de un estilo cognitivo que interrogue la realidad, identificando, seleccionado y focalizando las ideas y acciones más adecuadas que se presentan ante nosotros, dado que es un hecho que el aprendizaje mejora en la medida que hay mayor compromiso y reflexión crítica (OIE-UNESCO, 2017). De allí que el papel de la psicología resulta fundamental y necesaria como estructura que aúna conocimientos y experiencias que permiten colaborar al cambio social.

El cambio social requiere de cambios de percepciones que no excluyen, sino que debería presuponer también el cambio en la forma de valorar formas de pensamientos y acciones que obstaculizan el bienestar subjetivo y/o colectivo. En este sentido, la psicología asume un papel protagónico dentro del engranaje del afianzamiento de la competencia crítica, en tanto que para una buena disposición para un cambio social positivo es prerrequisito un funcionamiento crítico, el cual se puede ir aprendiendo y perfilando gracias, entre otras disciplinas, al conocimiento e investigación psicológica y psicopedagógica.

Todo lo expuesto, comprensible desde el punto de vista teórico, puede llegar a chocar con realidades que contradicen el acuerdo de intenciones sobre la importancia de la competencia crítica en el quehacer del psicólogo y en la formación del mismo.

En este sentido, la investigación de Rodolfa, Greenberg, Hunsley, Smith Zoeller, Cox, Sammons, Caro y Spivak (2013), realizada con una representación de estudiantes de psicología de Estados Unidos y Canadá, encontraron que la competencia crítica era considerada como la menos importante por los psicólogos a la hora de ejercer su profesión, siendo más relevante el conocimiento científico y su aplicación. La priorización a la hora de darle mayor relevancia a la adquisición de conocimientos difumina o borra de la ecuación educativa la educación del pensamiento (Mendoza Guerrero, 2015), aún a pesar de la queja de los docentes por la exigua capacidad crítica del alumnado universitario. Vale considerar que esto también puede estar influenciado por el enfoque epistemológico predominante en la formación del psicólogo.

Por su parte, los autores Díaz Larenas, Ossa Cornejo, Palma Luengo, Lagos San Martín y Boudon Araneda (2019), encontraron en su investigación, que los estudiantes universitarios tenían un buen conocimiento teórico de lo que significa el pensamiento crítico, dándole importancia en su labor profesional. Sin embargo, hay que tener en cuenta la advertencia de Tamayo, Zona y Loaiza (2015), cuando indican que a la hora de acercarnos al conocimiento de lo que se hace partimos de lo que nos dicen; siendo que el decir que algo es importante no significa que siempre se realice.

Hay estudios que muestran casos de universidades en donde el desarrollo del pensamiento crítico aparece como una constante en los discursos, pero que tiene escasa replica en las prácticas educativas que se llevan a cabo (Valencia y Puente, 2018).  Incluso, no queda claro para el profesorado universitario qué es eso del pensamiento crítico, aunque propongan desarrollarlo (Asgharheidari y Tahriri, 2015; Vendrell, Morancho y Rodríguez, 2020), mostrando concepciones sesgadas acerca de lo que realmente es el pensamiento crítico y vinculándolo con la creatividad o la reflexión, pero sin un fundamento teórico (Ayola Mendoza y Moscete Riveira, 2018). En este sentido, la mayoría lo relaciona o identifica con procesos de análisis y razonamiento; otros con el cuestionamiento y la toma de decisiones; y una minoría con el compromiso con el cambio social (Bezanilla, Poblete Ruiz, Fernandez Nogueira, Arranz y Campo Carrasco, 2018).

Por su parte, también se observan estudios que muestran que el alumnado presenta sesgos cognitivos si no se trabaja específicamente sobre ellos (Ossa Cornejo, Díaz Mujica, Pérez Villalobos, Costa Dutra,y Páez Rovira, 2020); que presentan dificultades en el análisis de posturas divergentes o contrarias a las propias (Curone, Alcover, Pabago, Martinez Frontera, De La Cruz y Colombo, 2011); que siguen teniendo deficiencias y dificultades a la hora de desarrollar el pensamiento crítico en el aula (Sánchez, Farrán, Baiges. y Suárez, 2019).

Por ello, en relación a modalidades para favorecer el pensamiento crítico en los estudios universitarios, Cerullo y Cruz (2010) proponen que se puede fomentar en la enseñanza superior gracias a estrategias educativas que favorezcan la creatividad, el cuestionamiento y descubrimiento; la utilización de juegos de rol, la lectura crítica, el estudio de casos, la elaboración de proyectos, el aprendizaje basado en problemas, la realización de actividades en pequeños grupos, la mayéutica socrática (Hawes, 2003); fomentando la innovación (UNESCO, 2010); el uso de mapas conceptuales (Velducea Marín Uribe y Soto Valenzuela, 2019); el favorecer el cuestionamiento del propio pensamiento y el esfuerzo de comprender los diferentes puntos de vista (González, 2013); el diálogo significativo y la resolución de problemas (Abrami, Bernard, Borokhovski, Waddington, Wade, y Persson, 2015); el dar valor a la tarea y reforzar el sentimiento de competencia como componentes de la motivación (Valenzuela, Nieto y Muñoz, 2014); el involucrar a los estudiantes en su aprendizaje (Vendrell y Rodríguez, 2020); así como diversos métodos de enseñanza-aprendizaje en base a trabajos de investigación (Mendoza, 2015).

En definitiva, el pensamiento crítico en la formación de psicólogos intentará promover aquellas habilidades que favorecen la capacidad de analizar, cuestionar, argumentar, sintetizar, discriminar lo importante de lo que no lo es, y la disposición de querer hacerlo y llevarlo a la práctica dentro del repertorio comportamental de la persona. Además, debe tenerse siempre presente el valor de la inclusión y la diversidad, y con ello, por ejemplo, se podría buscar que los contenidos curriculares se conformen teniendo en cuenta las igualdades y diferencias y, con ello impulsar la buena convivencia (Cáceres Gómez y Gómez Baya (2021:54).

Se tratará de favorecer estrategias y modos de enseñar que promuevan el pensamiento crítico de los estudiantes más allá de la reproducción de contenidos y, sobre todo, de su necesario dominio. Ejemplo de una estrategia específica, es la construcción y formulación de peguntas dinámicas y estimulantes que impliquen, principalmente el pensar y reflexionar sobre lo que se está estudiando, analizando en forma crítica la información (OIE-UNESCO, 2017:27).

Por lo tanto, la formación de psicólogos críticos supone trabajar de una forma real y programática las habilidades del pensamiento crítico (Sánchez, Farrán, Baiges y Suárez Guerrero, 2019), en el seno de la clase, desarrollando el mismo y conectando la enseñanza y el aprendizaje con la experiencia, la controversia y la comunidad de investigación (Vendrell, Morancho y Rodríguez, 2020).

Conclusiones

La transformación social no siempre supone una clarividencia de pensamiento, pero sí conlleva una visión crítica y argumentativa si se parte de una visión consciente e intencional.

Se tratará entonces de transformar el mundo partiendo de un estilo cognitivo conceptual que logre diferenciar y focalizar las ideas y acciones que aparecen ante nosotros; y allí, la psicología resulta fundamental en tanto en cuanto que es necesaria una estructura de pensamiento y, sobre todo, una lógica que permita, llegado el caso, concretarse en un cambio social.

En la formación de los psicólogos, tan importante como el conocimiento técnico es la competencia crítica, ayudando al futuro psicólogo a reconocer la estructura cognitiva del sujeto, su historia de vida, su pensamiento (Tamayo, Zona, y Loaiza, 2015), las habilidades necesarias para favorecer el desarrollo de la persona; las disposiciones que requiere para ello; y, sobre todo, el querer hacerlo.

De esta forma, el pensamiento crítico constituye una de las competencias fundamentales que por definición debe de caracterizar el hacer del psicólogo con una visión más educativa y social; y más aún el buen hacer y buen ser del mismo.

En este sentido, es una habilidad que se aprende y que, por tanto, requiere de un tiempo y una dedicación permanente para que pasen de ser un hábito inconsciente e inexperto a ser inconsciente y experto; es decir, que forme parte natural y habitual del repertorio conceptual y comportamental del que asume la función de proponer posibilidades a la persona y, por tanto, a la sociedad.

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Publisher: Técnica Administrativa - ISSN: 1666-1680

Volumen: 21, Number: 2; [ISSUE:90]

Date of publisher: 2022-04-15

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